abril de 2026

El observador

maquinaEn todas las épocas, las personas dedicadas al oficio de escribir han sido observadas como individuos a los que hay que diseccionar detenidamente porque, su afición comporta, al parecer de algunos, un elemento desestabilizador del sistema que nos aglutina y nos envuelve en la uniformidad.

Y es que, los escribidores, tenemos la mala costumbre de sentarnos ante un albo folio y en un alarde de osadía, picar en el mismo letras, palabras, frases, que ponen en duda los pilares básicos de todo, y de todos, utilizando como herramientas la imaginación, el sentido del humor, la acidez que recogemos por las esquinas del mundo, el llanto de los que padecen o la barbarie de ciertos actos que nos encorsetan o nos abrazan con mano férrea.

La palabra es un arma necesaria que no mata, aunque puede desestabilizar. Cuando la palabra nace acompañada de un proceso de reflexión, se hace aún más peligrosa para el poder. De ella pueden nacer ideas que vengan rimadas, amasadas con los hilos de la retórica, la oratoria, el discurso, el mitin… y, en ese encadenamiento, son propicias a generar un vórtice que arrastre o aglutine a otras personas por sendas no deseadas para algunos, para no decir al segmento social de siempre: a los que mandan.

La palabra puede estar encadenada a un modelo de pensamiento o ser libre. La primera, está al servicio de una causa, justa o injusta. La segunda, la que no tiene ataduras, camina envuelta en el viento de la libertad de creación y, aunque solo sean palabras -para los detentadores del poder- suponen un incordio que hay que vigilar, que controlar y, si es necesario, matar.

No sólo a las palabras sino también a las personas que las urden en noches de insomnios y de desgarros, de incomprensiones y de llantos, de gozos y de sueños.

Recuerdo que, hace un tiempo, un grupo de insignificantes poetas y narradores quedamos en una cafetería para hablar de esas cosas que nos pasan por la mente y que, luego, cuando el tiempo y el lugar nos son propicios y con mayor o menor acierto, vamos urdiendo en el papel conformando una metáfora sobre la vida, un poema, un ensayo, un cuento o cualquiera otra manifestación que nos hayamos podido sacar de las entrañas o del oficio.

Afirmo, que ninguno de los presentes portaba armas ni tampoco maletín alguno con dinero negro procedente de algún desfalco o de la venta al por mayor de armas de destrucción masiva. Sin embargo, tuve la sensación clara y nítida de que estábamos siendo vigilados, retratados, radiografiados, dactilarizados… por un individuo de mirada torva y retadora, adosado a la barra del bar citado, que me hizo pensar en el ojo omnisciente del poder, ese que todo lo advierte y que clasifica a uno y a otros en función de desconocidas claves que, a veces, y no es para reírse, pueden dar contigo en la cárcel o en una tumba desconocida según en qué país del mundo arrastres los pies de menesteroso fabulador.

Pero, en fin…, los escribidores poseemos mucha imaginación, y por ello, algunos de los lectores podrá decir que novelo, que deseo hacer un cuento donde debe ir un artículo, y puede que lleve razón. Puede. Todo el mundo se equivoca, incluso -aunque ellos no lo crean, ni lo confiesen nunca- también los que ejercen el poder.

Es evidente que la imaginación desbordada es un elemento de fácil manejo para los que nos dedicamos -con mayor o menor fortuna- a estos peligrosos menesteres de ensartar letras con los hilos del pensamiento. Y somos proclives, claro, a ver demonios donde solo hay ángeles, espinas donde solo rosas, ondas donde solo está la mar calma o sueños donde solo existen realidades.

A punto estuve, he de reconocer, de invitar a una copa a nuestro acompañante, ese que se empapó de nuestros grises disertos y con los que, sépanlo, a partir de hoy, revolucionaremos el mundo poniendo en peligro la estabilidad del sistema: de todos los sistemas.

¿Alguien piensa a estas alturas que García Lorca está muerto? Parece que sí, aunque no hayamos encontrado por ahora su cadáver.

En fin… usted mismo.

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Archivo Entreletras

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