junio de 2026

Prólogo de no sé qué

No tengo criterio. To’er tiempo amigos y “amigos” me dicen qué tengo que hacer. Soy víctima de la opinión de otros. “Tu pensamiento es incorrecto”, me dice el teléfono. “Haz lo que yo digo”, me dice con zascas y con buenas intenciones, las mismas que asfaltan el camino hacia el infierno. Temo mirar pantallas. Quiero estar libre de susceptibilidades, quiero seguir yendo al teatro. Iría a todas la funciones de una misma obra en cartelera —como mi viejo amigo Faxas con Eloísa la del almendro—, siempre quiero imaginar más allá del atrezo y detrás de él. Hay que seguir buscando puntos de fricción entre memoria, empatía y esparcimiento más allá de las brevedades de vídeos cortos e hipercortos, e instantáneos. No me des síntesis machaconas hechas desde subrayados. ¿Puedo sumar más información si así me llega? “En el orden alfabético caben más inteligencias”, rezaba una máxima de viejos bibliotecarios. Decía Petrarca que los muchos libros a unos hicieron sabios y a otros locos. Prefiero vivir loco y morir más loco aún. He vivido juntando libros, “comiendo libros”, dirían mis amigos, y no por ello he tocado la campanilla de sabio. Quiero aprender a usar la necedad porque el maremágnum de buenas intenciones termina atolondrando sin tregua y sin refugio, y sin tranquilidad. Antes quería saber qué iba a pasar, ahora me voy haciendo amigo de la incertidumbre. Pierdo el control pero mantengo la calma, ya el vacío no me amenaza. Nuestra especie sobrevivió aprendiendo a adelantarse a los peligros y ello requería calma. La de hoy parece otra especie, la de la ansiedad, la que sin cesar revisa el teléfono esperando unas conclusiones médicas, la de revisar, sin cesar, aquellos chats en los cuales nuestros amigos nos dijeron qué teníamos que hacer. Somos cada vez más intolerantes a las incertidumbres. No señor, no. No todo tiene porqué estar bajo control ni todo debe ser predecible, y no por ello tenemos que sentirnos inseguros y temerosos de pensamientos incómodos. No confundamos previsión con precipitación. ¿Qué hago con una explicación equivocada? ¿Por qué tengo que demandar confirmaciones de que estoy haciendo lo correcto? ¿Estaremos evolucionando de homo sapiens a homo incertidumbrus? De momento seguiré tratando de atravesar los momentos inciertos sin reacciones impulsivas —“a cámara lenta”, diría la abogada Matheus— ni desgaste mental.

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