junio 2021 - V Año

ARTE

El caso Spector: ¿Conocerle es amarle?

“Una obra de arte no puede separarse de su autor.”  Immanuel Kant.

La reciente muerte por Covid, el pasado enero, del legendario productor Phil Spector nos vuelve a traer a la palestra el inevitable conflicto entre la obra y el hombre, o por mejor decir, el de la obra como obra y el hombre como hombre, stricto sensu. Ciertamente, es muy complicado disociar ambos mundos en el inextricable ámbito de nuestras emociones, que se obstina en fundirlos sin solución de continuidad, una y otra vez. A veces puede llegar incluso a comportar más dificultad que separar la cara y la cruz de una misma moneda. La obra se confunde con su autor aunque la grandeza de la primera dimane de la insignificancia del segundo. De manera que la pregunta que encabeza este artículo, parafraseando el título de uno de los éxitos de Spector, no es en modo alguno una pregunta retórica. Cuando acabe esta lectura el lector ya tendrá un veredicto claro.

¿Cómo escuchar al don José de la Carmen de Bizet, en la magnífica voz de Plácido Domingo, sin que se nos cuele inexorablemente en la mollera su censurable comportamiento sexual en medio del aria de La fleur agostando todo su clímax?

¿Cómo leer el Voyage au bout de la nuit de Céline sin sentir náuseas a cada nueva peripecia de su protagonista, Ferdinand Bardamu, si el antisemitismo filonazi del autor nos martillea continuamente las meninges?

Veamos, pues, cómo el hombre amenaza con arruinar su obra, en sentido inverso al que nos tenía acostumbrados la conocida novela gótica de Mary B. Shelley.

En el año 2003 Phil Spector asesinó a la despampanante actriz Lana Clarkson tras conocerla en un célebre garito de moda, donde trabajaba como camarera, y llevarla a su impresionante casa de 33 habitaciones en Alhambra, California. El cadáver fue encontrado por la policía en un charco de sangre con un balazo en la boca. Seis años después el músico fue condenado por homicidio a pasar entre rejas 19 años. Sobre tan lamentables hechos, Al Pacino, en el papel del repugnante músico, hizo una película para televisión basada en el indulgente guión que escribió su director David Mamet para la ocasión.

Spector ya tenía antecedentes por su comportamiento violento: desde la década de los 70 había amenazado con un arma de fuego a cinco mujeres de las que intentó abusar sexualmente bajo los efectos del alcohol. Por otra parte, en 1979 durante la producción del álbum End of the Century de los Ramones llegó a intimidarles tras retenerles en su mansión, mientras gritaba como un poseso pistola en ristre. Por lo visto su temperamento arrogante y agresivo no se arredraba fácilmente: no estaba dispuesto a detenerse ni siquiera ante la inquietante presencia de cuatro tipos tan rudos y mal encarados.

En el momento de su muerte estaba cumpliendo su pena en la prisión californiana de Stockton. Tenía 81 años.

Pero empecemos por el principio. Harvey Philip Spector nació en 1939 en El Bronx neoyorkino en una familia judía de clase media que había emigrado desde Ucrania donde su apellido todavía era Spekter. Esta circunstancia le sitúa en la generación de músicos pop de origen judío que amaba la música negra y que va a copar la industria discográfica a finales de los 50, desde el emblemático Brill Building de Times Square. Recordemos tan solo a Neil Sedaka, Burt Bacharach, Paul Simon, Neil Diamond y a las parejas Jerry Leiber y Mike Stoller, Cynthia Weil y Barry Mann, Carole King y Gerry Goffin o Ellie Greenwich y Jeff Barry.

Con los británicos George Martin y Joe Meek es uno de los padres de la producción moderna. Temas tan célebres como el Imagine, de John Lennon, el My Sweet Lord de George Harrison, el Be My Baby de las Ronettes o el Unchained Melody de los Righteous Brothers, están bajo su tutela técnica. Bob Dylan fue contundente cuando le llamó “el genio del sonido”. Como el pintor Edgar Degas, Spector pensaba que una obra de arte debe hacerse con el mismo sentimiento con que un criminal comete un crimen.

En los años 60 se labró una respetable reputación con el desarrollo de una fórmula de producción musical conocida como the Wall of Sound. La técnica de orquestación consistía en grabar múltiples capas de sonido, superponiéndolas para dotar de densidad a la música; la suma de instrumentos tocados al unísono se enfatizaba usando efectos de posproducción como la reverberación y el retraso de audio. El sonido resultante tenía un acabado compacto y espeso que él mismo definía como «una aproximación wagneriana al rock and roll: pequeñas sinfonías para niños». A tal fin tenía bajo contrato a una excelente plantilla de músicos de estudio, los Wrecking Crew, que tocaba de forma anónima, como los negros literarios que usaban Balzac y Alejandro Dumas, sin ir más lejos. La influencia de este estilo de producción se hará notar de modo ostensible en muchos grupos de rock. Definitivamente, con Phil Spector había nacido el mago del overdubbing, de las mesas de mezclas y de las cámaras de eco.

El neoyorkino era insultantemente joven cuando empezó a hacerse un hueco en el mundillo. Su carrera se había iniciado a finales de los 50 como guitarrista y vocalista en el trío los Teddy Bears con el que consiguió su primer éxito «To Know Him Is to Love Him» (Conocerle es amarle) que alcanzó el nº 1 en las listas americanas en 1958. El tema era especialmente emotivo para Phil que lo compuso copiando para el título el epitafio de la tumba de su padre, que se había suicidado cuando él era tan solo un niño de nueve años. Tan fulgurante bautismo de fuego fue recompensado con el contrato que le llovió de manos de los entonces fecundos Leiber y Stoller. Hoy casi nadie recuerda que la guitarra solista que se oye en la famosísima “On Broadway” de los Drifters es la suya.

Después escribió la magistral “Spanish Harlem”, al alimón con Jerry Leiber, para el cantante Ben E. King y ya no paró, con un ritmo frenético y obsesivo que seguramente era un rasgo más de su acuciante neurosis.

Pero llevaba mal el trabajo de asalariado y a finales de 1961 ya tenía discográfica propia, Philles Records, con la que empezó a producir a artistas de la talla de Connie Francis y Elvis Presley, y grupos de chicas negras de la Costa Oeste que entonces estaban en boga: las Crystals y, sobre todo, las Ronettes. Esto le llevó a casarse con la cantante de estas últimas, Ronnie, a la que durante su matrimonio torturó sin piedad. Su carácter megalómano y perfeccionista los pondrá al servicio de estos tríos femeninos que van a oponer una férrea competencia a los girl groups de la factoría Motown, léase las Supremes o las Marvelettes, capitaneados con audacia por el formidable Berry Gordy desde su guarida en Detroit. La especialidad de Spector eran los dramas de amor y desamor, escenificados por las soberbias armonías vocales de sus pupilas y, en el colmo de este romanticismo para adolescentes, llegó a producir un album de villancicos, A Christmas Gift for You from Phil Spector, que hoy pasa por ser un disco de culto que salió a la venta el mismo día del asesinato del presidente Kennedy y por ello se vendió de aquella manera. En esa época la beatlemanía ya hacía estragos y amenazaba con la British Invasion de los States. Pero todo hay que decirlo: sin el magisterio de Spector el sonido de los grupos ingleses no habría cuajado como cuajó. Por eso cuando los nuevos hijos del Imperio Británico cruzaron el charco nadie podía aventurar que serían capaces de enseñar a sus progenitores a hacer hijos.

En 1966 su encuentro con el explosivo dúo Ike & Tina Turner, no le deparó el éxito esperado a pesar de grabar con ellos su mejor canción, según su propio criterio, River Deep – Mountain High. El insufrible perfeccionismo de Spector obligó a Tina Turner a repetir durante horas el estribillo hasta quedar literalmente exhausta. Por supuesto, la canción era todo lo sonora y grandilocuente que podía llegar a ser: 100% Spector. En el límite del paroxismo había llevado a sus últimas consecuencias su exuberante concepción del muro de sonido por lo que no estuvo dispuesto a aceptar tan deshonroso fracaso. Derrota que supuso un antes y después tanto en su carrera profesional como en su evolución personal, separando al joven brillante admirado por todos del productor resentido y peligrosamente excéntrico al que ya no se sabía si reverenciar o temer. Su racha de buena suerte había acabado. El reinado del Rey Midas del pop tocaba a su fin. Los nuevos sonidos que venían de las islas eran más limpios y más frescos y su mundo sonoro parecía haberse quedado definitivamente anticuado. Tal desengaño acabó por deprimirle, al extremo de llevarle a retirarse durante dos años de la escena musical.

Su regreso lo hizo envuelto en la más encendida de las polémicas. Coincidió con el tiempo en el que unos moribundos Beatles, en sus últimos estertores, trataban de resucitar un viejo proyecto que tenían arrumbado en un cajón y que llevaba por nombre Get Back. Después de filmar un maldito documental donde se certificaba la mala salud del grupo de Liverpool, Lennon y Harrison se pusieron en contacto con el aclamado enfant terrible para que salvara de la quema las olvidadas sesiones de grabación. Su alquimia de brujo loco empezó a vestir con tal desmesura las desnudas canciones de la banda que McCartney terminó poniendo el grito en el cielo cuando escuchó el producto final. El álbum se editó bajo el nuevo título de Let It Be con un éxito inesperado. Señalemos, de una vez por todas, que aquellos que se empeñan en meter a los Beatles en la lista de grupos con los que trabajó Spector, no hacen honor a la verdad: Spector nunca les produjo en el sentido literal de la palabra. Sencillamente acometió una sesión de tanatopraxia con resultados dudosos. Eso fue todo.

Su trabajo, sin embargo, muy del gusto de sus defensores dentro del cuarteto le llevó a producir sus discos más interesantes, ya en sus respectivas carreras en solitario. A Lennon le produjo el mítico Imagine y a Harrison su triple LP All Thing Must Pass y el no menos legendario Concierto para Bangladés. Sus renovados méritos le devolvieron a la primera línea de fuego. Todo lo que tocaba volvía a convertirse en oro.

Asimismo hay que salir al paso de otro equívoco mayúsculo: el caso “Beach Boys” que aún es más sorprendente que el de la leyenda urbana de los Beatles: Phil Spector no produjo ninguno de sus discos como se viene afirmando, una y otra vez, a día de hoy en los medios. No solo no trabajó con ellos nunca, sino que ni siquiera tuvo un proyecto parecido al de los anteriores en sus manos. Ya se sabe, se oyen campanas… ¡y no hay nada en la prensa como el síndrome del Chafardero Indomable! Lo único que se constata es la fascinación que Brian Wilson, líder de la banda californiana, sentía por the Wall of Sound y lo que él intentó, incluso enriqueciendo su complejidad técnica, fue replicarlo en su glorioso album Pet Sound. Sí es cierto que para su registro utilizó a los ya citados músicos de estudio de los Wrecking Crew y parece ser también que las iniciales del disco eran un sentido homenaje de Wilson a Spector. Pero nada más, ¡absolutamente nada más!

Vale la pena recordar aquí la breve secuencia de la memorable road movie “Easy Rider” (1969), en la que se autoparodia en el papel de multimillonario indolente y hedonista que, tras unas aparatosas gafas color caramelo, llega a bordo de un flamante Rolls-Royce negro conducido por su guardaespaldas a un pequeño aeropuerto en la frontera mexicana para encontrarse con Peter Fonda y Dennis Hopper que trafican con cocaína. ¡El primer plano con el emblemático “El espíritu del éxtasis” del haiga irrumpiendo por la derecha es impagable! No cabe mejor retrato del personaje.

Ya solo nos falta consignar uno de sus últimos y más controvertidos trabajos del genio. El que llevo a cabo con el artista más antagónico que se pueda encontrar, Leonard Cohen y su sutil sonido acústico: en 1977 con él coescribió y produjo el album Death of the Man´s Ladies. Por supuesto, los admiradores del cantautor canadiense se rasgaron las vestiduras. El título del disco no puede ser más elocuentemente irónico sobre todo visto hoy, a tan solo unas pocas semanas del fallecimiento del neoyorquino, y máxime si recordamos las difíciles relaciones que mantuvo durante toda su vida, sobre todo, con el sexo femenino. La muerte del hombre de las mujeres.

En fin, la crónica negra de Phil Spector está en las hemerotecas en la sección de sucesos de los diarios de la época para quien quiera perder tiempo en repasarla. Su patética recta final terminó condenándole al más triste ostracismo. Pero eso creo que no debería impedirnos apreciar la magnitud de su apabullante legado musical. ¿O sí?

¿Conclusiones? Ustedes tienen la última palabra. Señores, se levanta la sesión. El caso queda visto para sentencia.

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