En este año 2026, en el que se conmemora el 250 aniversario de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, conviene recordar algunas realidades. La historia es bien conocida y ha sido contada muchas veces. Reunido en Filadelfia (Pensilvania) el Congreso Continental, aprobó la Declaración de Independencia el 4 de julio de 1776. Una Declaración brillantes y potente que se convirtió en la base sobre la que se construyó la nueva nación. La revolución americana fue radical, sin duda, pero no por incurrir en radicalismos como otras, sino porque se basó en una idea radical, la idea de la libertad.
Las revoluciones políticas modernas
Hannah Arendt dividió las revoluciones políticas de la modernidad en dos tipologías: las que derivaron en tiranías y las que instauraron regímenes basados en la libertad individual y la igualdad ante la ley. Para Arendt, el primero de estos dos tipos fue el característico de las revoluciones europeas continentales, como la pretendidamente “paradigmática” Revolución Francesa. El segundo tipo fue el que inició la Revolución americana.
En Europa, las revoluciones políticas se realizaron recurriendo a masas hambrientas y multitudes depauperadas y anónimas, que no poseían nada y exigían la expropiación de los ricos y el reparto de sus bienes. Las dirigieron líderes tan oportunistas como carismáticos, procedentes de los propios grupos privilegiados, pero que hablaban “en nombre de los pobres”, pese a que estos nunca les habían autorizado a hacerlo. Cuando triunfaron, esos líderes se dedicaron a conformar nuevos grupos privilegiados, que se repartían el todo el poder y la riqueza, dejando a las masas desposeídas algunas migajas, a veces, y la idea consoladora, aunque falsa, de que el pueblo había conquistado el poder.
Tocqueville (1805-1859), en el curso de su viaje a Estados Unidos, en 1831, observó con auténtica sorpresa que la igualdad y la libertad que había en Norteamérica, no eran las mismas de las que hablaban los revolucionarios jacobinos franceses. En América, la igualdad era igualdad ante la ley, y la libertad era la de poder participar en el gobierno de la república, y la de emprender cada uno su propio proyecto de felicidad. Por eso en América se había establecido un gobierno limitado y muy tenue, con separación de poderes. Por el contrario, en la Francia revolucionaria se organizó un enorme aparato estatal, militar y administrativo, con todos los poderes concentrados en el gobierno revolucionario de cada momento.
La Revolución Americana y las ambigüedades de la Ilustración
Los ideales políticos de la Ilustración no fueron unívocos y de ahí sus ambigüedades. En la Ilustración británica y en la norteamericana, denominada Enlightement, la idea de libertad no tenía gran cosa que ver con las ideas de “liberación” o de “emancipación” sustentadas por los philosophes franceses de Les Lumieres (denominación de la Ilustración francesa). Como tampoco tenían parecido alguno la idea de igualdad ante la ley del Enlightement, con la idea de igualitarismo que alentaba El Discurso sobre la Desigualdad de los Hombres y El contrato Social de Rousseau, o las primeras formulaciones del comunismo ateo de los philosophes franceses.
Pero la historia y sus azares determinaron que no fuese en Europa en donde la política de la modernidad encontró su primera plasmación político-institucional. Fueron los rebeldes de las Colonias Británicas de Norteamérica quienes lo consagraron en el sistema republicano creado a partir de 1776, en los Estados Unidos de América. En 1776, la Revolución Americana, inició un ciclo revolucionario que ocuparía a Europa y América hasta finales del siglo XVIII y se prolongaría durante los dos siglos siguientes. El pleno éxito alcanzado por la Revolución Americana para instaurar la libertad y la igualdad, prestigió las revoluciones e inspiró todos los intentos revolucionarios que se sucedieron en los dos siglos siguientes.
Pese a todo esto, muchas veces se oye o se lee un “latiguillo” que declara con impostada solemnidad que “la Revolución Francesa abrió al mundo los anchos caminos de la libertad”. No, no fue así. Bien mirado, hasta fue justo todo lo contrario. La francesa no fue, ni la primera, ni la gran revolución moderna y, además, la Revolución Francesa fracasó y lo hizo del modo más completo posible. La Revolución Francesa permite seguir con detalle cómo una rebelión que pide “libertad, igualdad y fraternidad” termina convertida en tiranía, discriminación y fratricidio. Sus protagonistas, casi todos con trágico destino, no encontraron el camino de la libertad, sino que inauguraron el primer experimento totalitario moderno, aunque, eso sí, lo hicieron en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Buenas intenciones, hechos lamentables.

La Revolución Americana frente a la Revolución Francesa
Desde luego, no fueron similares los métodos revolucionarios desarrollados en Francia y en los Estados Unidos. Tampoco los objetivos fueron iguales. En los nacientes Estados Unidos no se produjeron los espasmos sangrientos del Terror impuesto por la dictadura jacobina. En la Francia jacobina, la felicidad se impuso por decreto y quien no fuese feliz podía acabar ejecutado. Por el contrario, en América, se estableció el derecho de cada uno a escoger, por sí mismo y para sí, el camino de su propia felicidad. La diferencia no es de matiz, sino de categoría, y mucha.
En América, los revolucionarios plasmaron en un sistema político viable las conquistas liberales de la Ilustración. Las bases del sistema fueron la igualdad jurídica de los ciudadanos y el sufragio universal. En la nueva nación, una vez emancipados sus ciudadanos del absolutismo, el orden y una justicia independiente siguieron determinando los avances del progreso. Todo esto se incorporaba a una esfera civil y ciudadana autónoma del poder político que, mediante la creación de un sistema completo de libertades, superaba los debates sobre las formas místicas y prosaicas de comunidad política, tan propias de los revolucionarios franceses.
Por el contrario, en Francia, la dictadura jacobina, apelando a la “igualdad”, restableció el deber de la unanimidad, sin margen para la disidencia. Y así, entre aclamaciones continuas de Liberté y Egalité, todo se fue deslizando hacia lo obligatorio. Por ejemplo, la camaradería, que empezó anteponiendo a cada nombre propio un “ciudadano/a”, terminó convertida en la prohibición de llamar señor o señora a otras personas, con la imposición de sanciones para los infractores. El “reglamentismo” más completo se fue enseñoreando de conductas y opiniones en la Francia revolucionaria, sin resquicio para la existencia de esferas civiles autónomas e independientes del poder político.
El éxito de la Revolución Americana frente a otras revoluciones
Con sólo una quiebra, la Guerra Civil (1861-1865), el sistema norteamericano evolucionó hacia la democracia paulatinamente, hasta alcanzar las formas que conocemos hoy en día. Quizá se pueda datar esa transformación democrática en los dos mandatos presidenciales de Thomas Jefferson (1743-1826), entre 1801 y 1809. También se conmemora este año la muerte de Jefferson, justo el 4 de julio de 1826, día en que se celebró el 50 aniversario de la Declaración de Independencia (1776) de la que fue él el redactor principal. Con Jefferson comenzó la evolución del orden revolucionario de 1776 hacia una democracia moderna. Un proceso que alcanzaría su punto de no retorno en los mandatos presidenciales de Andrew Jackson (1767-1845), entre 1829 y 1837. La democracia se haría esperar en Europa casi un siglo, hacia finales del siglo XIX y, en algún caso, hasta bien entrado el siglo XX.
La Revolución Francesa, pese a la abundante mitología en la que se la ha envuelto, no fue la más genuina expresión de las revoluciones por la libertad. A cambio, sí que ha sido una de las más dramáticas y, quizá, la más publicitada. Y es que los terribles perfiles de la Revolución Francesa, las trágicas alternativas de su desarrollo y la muerte sangrienta de casi todos sus protagonistas, siguen impresionando todavía y muy profundamente. La Revolución Francesa fue una tragedia cruel y sangrienta, que todavía conmociona a quien la estudia. Proponerla como revolución liberal modélica significa adentrarse en el más profundo de los absurdos.
La Revolución Francesa fue una Revolución fallida, fracasó. No se tome esto como objeción crítica o calificación negativa. Solo es una objetivación, por desmitificadora que pueda parecer. Muchas, quizá la mayor parte de las revoluciones habidas en el mundo moderno han sido revoluciones que terminaron fracasando, salvo la norteamericana y alguna otra. Porque la Revolución Francesa de 1789 consistió en cambiar el débil despotismo de Luis XVI por la dictadura imperial de Napoleón, atravesando para ello el pantano sangriento de la dictadura jacobina y la corrupción del Directorio y el Consulado, para caer, de nuevo, en el despotismo atenuado de Luis XVIII, en 1815, 26 años después.

Las modernas democracias liberales
Ningún otro país ha sido capaz de generar tanta prosperidad y tanta abundancia, y ningún otro ha logrado sortear como Estados Unidos los riesgos de la democracia. El país que entonces fue el más joven del mundo, es también el más veterano hoy en cuanto a usos democráticos, ininterrumpidos desde entonces. Si quieren seguir siendo democráticas y liberales, las sociedades del resto de Occidente todavía tienen mucho que aprender en cuanto a apertura al debate, capacidad de integración y asimilación, respeto a la propia tradición y patriotismo, que es la base del pluralismo y de la democracia liberal.
El inicio de la libertad política moderna en su propia realidad, ha de situarse, pues, en la Revolución Americana (1776). Una revolución que inspiró todas las revoluciones posteriores, incluida la francesa. Pero, a diferencia de las revoluciones anteriores y posteriores, sí que fue una revolución de éxito. Y ciertamente tuvo éxito, pues estableció un sistema de libertad bien asentado y perdurable al que se ha denominado comúnmente como “democracia liberal”. Una expresión en la que, según Ortega y Gasset, la primera parte, “democracia” indica quién gobierna, y la segunda, “liberal” indica como se ha de gobernar.
Sin embargo, en España, y en general en Europa, se ha dado a la Revolución Francesa una relevancia fundacional que no posee y que sólo ha servido para producir severas distorsiones en la comprensión de la libertad y de la democracia, que ha llevado a considerables extravíos. Quizá el más grave haya sido el de considerar al parlamentarismo como ideal de la democracia y de la libertad política. El parlamentarismo consagra formas de democracia limitada, pues restringe la separación de poderes, al unificar el legislativo con el ejecutivo, bajo la supremacía de éste último. Con ello, Europa ha quedado prisionera de ese secuestro intelectual producido por la errónea atribución a la Revolución Francesa de efectos fundantes de la libertad, de los que carece.
La Revolución Americana creó la primera democracia moderna a la que se puede considerar tal, fundando un régimen de libertad que aún pervive. Una revolución capaz de triunfar sobre el gran escollo en el que quedó varada la Revolución Inglesa del siglo XVII y en el que se hundió la Revolución Francesa: la tiranía parlamentaria. Fue Jefferson quien formuló la pregunta de qué era menos perjudicial y dañoso, si tener un tirano a tres mil millas, o tener tres mil tiranos a una milla.












