noviembre 2020 - IV Año

ENSAYO

Un ensayo de María de Maeztu sobre Emilia Pardo Bazán, aparecido en el diario bonaerense ‘La prensa’ en 1939

María de Maeztu

A estas alturas no podemos hacer otra cosa que lamentar que el Centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós haya sido tan desangelado y desvaído. El año próximo, que ya está llamando a la puerta, conmemoraremos el de Emilia Pardo Bazán. Una mujer con mucha más trastienda y recovecos de lo que suele apreciarse. Novelista conocedora de las vanguardias europeas, ensayista, culta, feminista, curiosa e inteligente. Es más, vino a representar un nuevo modelo de moralidad mucho más desprejuiciado y moderno.

Esperemos que el Centenario sirva para valorarla en las dimensiones que, hasta ahora, han sido olvidadas o poco visibilizadas. Viajera empedernida, conocedora de los movimientos culturales y literarios más importantes de su tiempo, ateneísta… y muchas otras cosas.

En el momento histórico que le tocó vivir, supo captar como nadie el naturalismo y lo importó de una forma inteligente y al mismo tiempo prudente y, por tanto, sin excesivas truculencias. Muchas de sus obras se desarrollan en una Galicia rural, anclada en el pasado… más las descripciones y penetración psicológica están hechas desde una óptica moderna y, teniendo en cuenta los criterios más en boga, que puso en circulación Emilio Zola.

No es aventurado decir que hasta la fecha, en líneas generales, no se la ha entendido, ni valorado como se merece. Algunos críticos se han dejado guiar por prejuicios en lugar de apreciar la calidad de su prosa o su intuición para captar las complejidades de la condición humana.

Leer a doña Emilia contribuye a mejorar nuestro entendimiento y, pone de relieve, la valentía que supuso el atreverse a afrontar algunos de los agujeros negros de la memoria de nuestro país.

María de Maeztu, en el diario “La Prensa”, publicó un breve ensayo en el que indica con precisión, unas claves para resaltar la importancia de la obra de doña Emilia y analizar los aspectos de su concepción del mundo, que merece la pena retener.

Los años veinte y treinta de mil novecientos fueron un periodo vitalista, lleno de oportunidades, en el que nuestro país luchó por incorporarse a las corrientes europeas y vivió una etapa de cambios sociales y frescura que contrasta con la incultura, represión y marcha atrás de la dictadura franquista.

Antes de comentar el ensayo sobre Emilia Pardo Bazán, conviene trazar algunas pinceladas sobre María de Maeztu. Ante todo, fue una mujer moderna, una pedagoga notable a la que puede inscribirse en una línea nítidamente humanista. Su logro de mayor enjundia fue dirigir la Residencia de Señoritas, organismo vinculado a la Institución Libre de Enseñanza (ILE)

En unos años en que la mujer procuraba superar siglos de marginación incorporándose a la vida activa, una de las preocupaciones de esa vanguardia del cambio con ideas feministas fue tener acceso a la Universidad y desempeñar funciones de relieve en la vida pública. Así María de Maeztu se licenció en Madrid en Filosofía y Letras en 1915.

Su espíritu inquieto procuraba asimilar las nuevas corrientes e ideas del momento. Era poliglota y se aventuró a participar en varios proyectos que, hasta entonces, le estaban vetados a las mujeres. En parte, gracias a la ayuda de la Junta para la ampliación de estudios, un organismo muy prestigioso que tenía la pretensión de formar a hombres y mujeres en diversos campos del conocimiento, para que estuvieran en condiciones de apoyar y llevar a cabo la modernización del país.

Durante esos años perteneció al círculo del filósofo Ortega y Gasset que preconizaba la regeneración del país. Sus inquietudes la llevaron a viajar a Estados Unidos y entablar contactos, que le permitieron establecer una colaboración con varias universidades norteamericanas, a fin de que  estudiantes y jóvenes profesoras españolas, ampliaran sus experiencias y se codearan con los movimientos más vanguardistas.

Su feminismo no ofrece lugar a dudas. En más de una ocasión afirma que la mujer ha de incorporarse activamente a la sociedad y colaborar a la modernización de las estructuras. Para ella feminismo era igualdad de derechos y deberes.

Dice mucho de este impulso reivindicativo, el elenco de mujeres vinculadas a la Residencia de Señoritas, citemos entre ellas a Concha Méndez, Victoria Kent, Josefina Carabias o Maruja Mayo. Prueba de su cosmopolitismo es que estableció un contacto duradero con intelectuales y escritoras de la talla de Gabriela Mistral o Victoria Ocampo, directora y “alma mater” de la revista Sur.

Pasemos, ahora, a comentar con cierto detenimiento, el ensayo aludido anteriormente, que tiene por título “Visión e interpretación de España. Vida y romance. Doña Emilia Pardo Bazán”. Me parece lleno de sagacidad y penetración, así como un magnífico ejercicio de crítica literaria.

Como carta de presentación, expone que conoció a la condesa de Pardo Bazán, hace treinta años, es decir en 1909,  en El Ateneo de la calle del Prado. El papel que desempeñaba El Ateneo en la vida política y cultural era emblemático, sin duda la Institución más prestigiosa de España. Pues bien, doña Emilia como cariñosamente se la llamaba, era por aquel entonces Presidenta de la prestigiosa Sección de Literatura de la Docta Casa. María de Maeztu con emoción rememora, que en el momento en que comenzaba a hablar surgía de ella un atractivo insospechado.

Es sobradamente conocido que Emilia Pardo Bazán intentó, infructuosamente, ingresar en la Real Academia de la Lengua. Eran tiempos en los que no se permitía que la mujer tuviera acceso a ciertas Instituciones. Por abyecto que resulte, esa era la discriminatoria situación.

Doña Emilia no se dejó vencer por el abatimiento, ni por un país que pese a algunos intentos regeneracionistas, seguía siendo ostensiblemente provinciano. En muchos ambientes se apreciaba una insana misoginia que además se exponía de forma maleducada, grosera y ruidosa.

Probablemente nadie sea más digno de desprecio que los fariseos. Imperaba una doble moral, donde se medía con distinto rasero a varones y a mujeres, posibilitando situaciones éticamente lamentables.

María de Maeztu comenta que doña Emilia la invitó a dar una conferencia en El Ateneo. La invitación la enorgulleció, aunque tardó ocho años en pronunciarla y, para entonces, doña Emilia ya no presidia la sección de Literatura.

María de Maeztu al opinar sobre la literatura de doña Emilia expone ideas anticipatorias… que posteriormente la crítica no ha hecho sino confirmar. Por ejemplo que “En un viaje de novios”  su primera novela, ya queda patente su tendencia naturalista y su contacto con los movimientos culturales franceses más en boga.

Prosigue su indagación sobre la literatura de Emilia Pardo Bazán, incidiendo en el tratamiento que da a la naturaleza junto a una atenta observación psicológica. Llega a firmar que en “En los Pazos de Ulloa”, su obra cumbre, el paisaje es, nada menos, que  la circunstancia del hombre.

Destacan asimismo, sus oportunas colaboraciones en periódicos y revistas donde va dejando, aquí y allá, unos cuentos trágicos de indudable valía. Otra faceta de incuestionable interés es la de divulgadora de la literatura europea que, conocía en profundidad. A título de ejemplo reseñemos su familiaridad con los autores rusos, especialmente Leon Tolstoi

Participó, también, en las polémicas que se suscitaron sobre el darwinismo, el naturalismo y el feminismo. Junto a la novela, cultivó el ensayo y de forma incansable, en cuantas instituciones se lo permitían, dio interesantísimas conferencias. Otra faceta que merece destacarse es su labor como traductora.  Tradujo “La esclavitud femenina”  de John Stuart Mill, con un prólogo de claro carácter feminista, cuando en España nadie se había atrevido a exponer, con la rotundidad con que ella lo hace, estas ideas. María de Maeztu valora el que doña Emilia pida para la mujer el derecho a la educación y a la cultura.

Hoy, en este Noviembre de 2020, cuando estamos a punto de conmemorar su Centenario, no debemos pasar por alto su lucha constante en pro del protagonismo social, político y cultural de la mujer. Un aspecto que no debemos olvidar es que el Centenario tiene que servir para hacer añicos muchos tópicos que desfiguran, reducen y distorsionan su imagen. Quizás haya que destacar eso, junto a sus constantes esfuerzos para ocupar un lugar en el panorama literario de su época, que merecía de sobra y que sistemáticamente le fue negado.

Finaliza su visión de doña Emilia, recordando la última vez que tuvo ocasión de departir con ella, con motivo de un almuerzo que le ofrecieron las alumnas de la Residencia de Señoritas de la Institución Libre de Enseñanza. Es emocionante el recuerdo de sus últimas palabras, en las que se muestra satisfecha de la labor cultural que ha realizado, “algunas de esas flores las sembré yo, no lo olvide María”.  Esta confesión suena a despedida. Moriría poco después.

Hay fantasmas que recorren la historia. Aquellos que reivindican la visibilidad de la mujer son ostensibles. No encontrarán su descanso hasta no ver conseguidos sus logros y apreciar como su sacrificio de pioneras abrió el camino para la reivindicación y la aceptación de las ideas feministas. La generación de las llamadas sin sombrero, recogió la antorcha que habían portado mujeres como doña Emilia.

María de Maeztu, 1923

Cuando las sociedades ganan en complejidad, las estructuras patriarcales se resquebrajan. Uno de los logros de mayor enjundia de la modernidad es el de proclamar la igualdad de oportunidades… y esa igualdad de oportunidades… no puede considerarse que esté completa, hasta que no se ven reconocidos y plasmados en leyes los derechos y aspiraciones de la mujer. Por poner un solo ejemplo citaremos el sufragio femenino que se consiguió en la Segunda República.

Doña Emilia supo ser valiente al denunciar los abusos de poder que las mujeres venían padeciendo secularmente. A este respecto, es ilustrativa su novela “La Tribuna”, donde expone, con una clara intención social y reivindicativa, la vida de las cigarreras de La Coruña, la explotación que padecen y las primeras luchas, que podríamos calificar de sindicales, por reivindicar sus derechos y lograr mejoras salariales. Así como de sus condiciones laborales. Y, mostrando simultáneamente, la imagen de una burguesía provinciana, reaccionaria, llena de prejuicios y que permanece anclada en el pasado.

Es cierto que María de Maeztu evolucionó desde un europeísmo en los años veinte y desde su vinculación a la ILE, hacia posiciones más conservadoras y católicas. Sin embargo, en todo momento se mostró comprometida con las ideas modernas y con que la mujer tuviera acceso a los puestos de responsabilidad acordes con su valía.

De esos mismos años hay un libro del diplomático chileno,  Carlos María Lynch “España con Federico García Lorca: páginas de un diario íntimo”,  entre otras muchas cuestiones interesantes, nos cuenta que su esposa frecuentaba el círculo de amistades de María de Maeztu y que solía asistir a las conferencias que periódicamente impartía en el Lyceum. De particular interés me parecen, las páginas que dedica a glosar la amistad de María de Maeztu con Gabriela Mistral. También a María de Maeztu le llegó la hora de los reconocimientos, siendo nombrada “Doctora Honoris Causa” en varias universidades de distintos países.

No es momento de detenernos en esta cuestión, más destacó especialmente por su preparación en materia pedagógica y por su amplitud de miras y los métodos activos que contribuyó a introducir.

Defendió, asimismo, ideas feministas. Sin ir más lejos, en la revista “La mujer moderna”, expuso con claridad, no exenta de cautelas, su compromiso con la liberación de la mujer.

Prueba del nivel de las actividades culturales que tenían lugar en el Lyceum Club Femenino, que fue creado a semejanza de los que ya existían en otros lugares de Europa, es que por ejemplo, Federico García Lorca leyó allí poemas de su libro “Poeta en Nueva York”  y pronunció algunas conferencias.

En 1936 se exilió y acabó por establecer su residencia en Buenos Aires, donde tanto Victoria Ocampo como Gabriela Mistral le fueron de enorme ayuda. Pudo así tener acceso a la Cátedra de Historia de la Educación en la Universidad de Buenos Aires, que desempeñó hasta su muerte.

Cuando en 2021 conmemoremos el Centenario de la muerte de doña Emilia, sin duda habrá biografías, estudios y análisis de crítica literaria que pongan de manifiesto su labor, por tantos conceptos, moderna y comprometida. Sin embargo, creo que no debe faltar el reconocimiento de aquellas mujeres de la generación de la República que tomaron el testigo… que fueron las primeras en poner de manifiesto su comprometida labor en diversos campos y géneros… pero especialmente su feminismo, su denuncia de la marginación de la mujer y sus proclamas a favor de  una autentica igualdad de oportunidades.

Finalizo aquí esta primera aproximación a doña Emilia en su Centenario, no sin antes destacar que en El Ateneo de Madrid, en la Galería de Retratos, su figura sirve de recuerdo y acicate, para que no olvidemos los pasos que dio, los sinsabores que se vio obligada a soportar y los caminos que contribuyó a abrir en la batalla por el reconocimiento de los derechos de la mujer.

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