febrero de 2024 - VIII Año

El poeta Jaime D. Parra publica ‘Papeles del desierto’: «La poesía es imagen en exilio»

Jaime D. Parra (el Daniel de su segundo nombre siempre en elusión, como para atenuar, cierta identificación oracular, profética, propia de todo auténtico poeta, que además de decir, señala y prefigura) es un poeta y ensayista nacido en Huércal-Overa (Almería), residente desde hace décadas en Barcelona, donde es una presencia central de la escena literaria. Especialista en la obra de Juan-Eduardo Cirlot, en la poesía de aliento más experimental, en el mundo de los símbolos y en la poesía hecha por mujeres, ha publicado diversos libros de poesía como Contrición bajo los signos, Huellas vacías, Éxodo y otros poemas, Escolium o Wyoming, además de ensayos como La simbología, El poeta y sus símbolos, Claves de simbología, Poéticas del origen o Poéticas del caos. También ha coordinado antologías y ciclos de lecturas, como el ya emblemático Radical 3, lugar de encuentro de iniciados al secreto, verdadero nódulo poético de Barcelona. Hemos querido dialogar con él para la revista Entreletras con motivo de la aparición de su último libro, Papeles del desierto (Los libros del Mississippi, 2023), en el que indaga en las líneas fuerza de una poética, empeñada en la exploración de forma, sonido y significado del lenguaje, siempre mediante una simbólica enlazada con la tradición, pero de cuño propio.
En Papeles del desierto, Jaime D. Parra, parece sumergirnos en la ilusión de un sueño lúcido, evocando la imagen de un paisaje calcinado, bañado por la ardiente luz de un sol de mediodía. Un paisaje que transita la mirada del poeta con determinación alucinada, atravesando extensiones y dunas hasta toparse con los misteriosos moradores de ese lugar: la figura de un pequeño niño, la sombra de una palmera, la mujer vislumbrada en duermevela, el aguador de los cuentos que poseía la respuesta a todos los secretos… Los poemas evocan una honda sensación de nostalgia y reconocimiento, pero también un inequívoco matiz de inquietud, una tensión entre sentimiento y símbolo. Así empiezan mis preguntas:

Jaime, ¿cuál es la relación de tu poesía con lo simbólico? ¿Crees que en cierto modo la poesía siempre vuelve a reflexionar sobre enunciados preexistentes?

La poesía y lo simbólico se unen en un punto que se llama vivencia e imágenes. Para mí, la poesía es imagen en exilio, algo vivencial y alucinado, eléctrico: sintaxis del relámpago.
La poesía, en cierto modo, es retorno, re-velación y re-vuelta, vivencia transformada; enlace con la cadena de lo escrito, y re-creación. La oposición y el rechazo es su forma de continuidad.

¿Qué es para ti ese desierto, paradójicamente tan fértil del libro? Es evidente el anclaje biográfico, tú has transitado lugares semejantes a los que describes, pero ¿no crees que, al mismo tiempo, a semejanza del mar (el otro gran espacio metafórico) hay una especie de imposibilidad vital en los desiertos?

El desierto es uno de mis símbolos –está también en Éxodo y otros poemas– y es la atmósfera que ilumina este libro: la luz, lo seco y lo esencial. Y no es solo el trazo de una negación, sino también una forma de exploración, y un lugar de aparición.
El desierto también es otra vida: la vena secreta, épica, que camina oculta a veces bajo las arenas. El desierto es una persona.

Señala muy oportunamente en su prólogo, Luis Alberto de Cuenca, el tono meditativo de los poemas y es un señalamiento que me parece muy acertado. Y añadiría que de algún modo parece que esa memoria visual sobre la que vas construyendo y decantando tus versos se traduce en canto de experiencia, en expresión de anhelo, ¿es el poeta un hombre de fe?

Tono meditativo, sí, y de búsqueda, y de sed, y de realización. No sé si el poeta es un ser de fe. O solo de palabras. Pero no es una apuesta perdida. Pienso que la poesía es una de las fuerzas más radicales que existen: ninguna otra entra tan profundamente en la esencia y el sentido de lo vivo, transversal.
Déjame también añadir que yo no sólo buceo en la poesía de los libros poéticos, sino también en las tradiciones míticas, sagradas, místicas, esotéricas, de varias culturas. Libros antiguos como el Bardo Thodol, el Popol Vuh, el Rig Veda, La Bhagawadgita, el Tao, el Libro de los Muertos, el Avesta, y libros interpretativos como los de J. Campbell, K. Kerényi, J. Godwyn, W. K. Mahony, J. Naydler, P. Harpur, CH. de Quincey, J. Raff, aparte de grandes maestros de la simbología (Schneider, Cirlot, Corbin, Scholem, Jung y sus discípulos, etc., algunos de los cuales he antologado). Creo, como Novalis, en una poesía total del universo.

Hay también en tu poesía algo que trasciende, primordial, que se distancia del presente, que busca un regreso, algo así como la escucha del latido materno en el seno ¿cuál es la importancia de lo femenino en tu poesía?

En mi poesía, sí, hay algo que trasciende, que lleva a Otra Parte, a otro latido. Lo femenino en mi poesía, y en mi vida, es primordial. Una omnipresencia: mis amistades, mi familia, mi interés por la poesía escrita por mujeres, o el papel de ciertos personajes de mis libros, como Wyoming.

Estableces también un continúo diálogo con otros escritores, a los que rindes tributo mediante una profusa y afortunada selección de epígrafes. Me ha gustado mucho encontrarme con la cita de Ungaretti que me parece especialmente en sintonía con el libro. ¿Qué nos puedes decir al respecto?

Algunos escritores son como puertas o compañías porque abren caminos. Klee, Macedonio, Pizarnik, Hölderlin, Dickinson, Bécquer, Blake, Hildegarda de Bingen, Shoravardî, Ibn Arabî… Cada uno tiene sus hitos. Ungaretti es uno de mis poetas secretos, por su capacidad de síntesis, su luminosidad y su sintonía con el sur, la arena que viene de los desiertos, los colores que suben de África, y su delicado hermetismo.

Sobre tu forma de escribir: Hay en ella un don para la destilación, para el detalle esencial y revelador, para la caracterización fértil, como cuando pareces esbozar un breve apunte biográfico “Soy un poeta pobre, / roto en mitad de una estrofa, / venido de los límites/ de la frontera con Al-Andalus”, que al tiempo convive con algo que podría interpretarse como una voluntad de abstracción, “El desierto es una circunstancia/ blanca que te rodea”. ¿Cómo llegas a ese equilibrio?

Como Klee, uno de mis favoritos, valoro el sencillo apunte, la sugerencia y la abstracción. Y la música que los junta. Espacios, aparentemente vacíos, que adquieren sentido. Mira, por ejemplo, la pintura misma del perro de Goya, semi hundido en la arena; o ese personaje final de Papeles del desierto, avanzando sobre el mural de las dunas, que viene del mundo de Kôbô Abe. ¿Parece abstracción? Pero es una calidad blanca, que hay que re-escribir.
Acercar lo imposible. La poesía es como el yin / yang, o el cuadrado + el círculo, mandálica: ese es el equilibrio.

En muchos de los poemas hay versos espléndidos que podrían funcionar por sí mismos como aforismos.

Los aforismos son como migas de pan repartidos por el poema, en donde comen las palomas del sentido. Cuando son poéticos son radiantes: como fósforos, disparos, meteoritos, relámpagos… y siempre producen un hondo temblor en las venas del poema.

¿Te importa que te los devuelva como preguntas? Allá van: “Donde me recogen, bendigo”. ¿Cuál es el regalo o don que trae al mundo el poeta?

Somos como un boomerang, con credo o sin creerlo: lo que lanzamos a los otros, les toca y retorna a nosotros. Si es bueno, será bueno. Hablo de hospitalidad. El poeta, cualquier poeta, algo reparte o siembra en su lenguaje. Algunos lo hacen tan bien, como Hölderlin, que resulta imposible no contagiarse de su grandeza. Hölderlin hace mejores a sus lectores. Eleva nuestro lenguaje, nuestras miras, nuestra forma de habitar la tierra. Pues “somos en diálogo”, dice.

“La vida es una contienda para quien emigra”. ¿Es siempre el poeta un extranjero, un desarraigado?

La vida siempre es contienda. Pero el que emigra la sufre más, pues emigrar es como quedarse desnudo. Y hay que volver a vestirse. El poeta no es siempre el que más fácil lo tiene. Los demás no esperan sus palabras. Y en ese tránsito puede pasarle como a Nerval: sucumbir en una noche de mucho frío. Sí, poesía es extranjería.

“La identidad/exige un símbolo”. ¿Estamos apelados todos a una voluntad de trascender?

Toda realidad viva exige un símbolo, la imagen de su esencia. Los símbolos son raíz, germen vivo, fundamento. Los tenemos, por ejemplo, en la épica o en la mística. El héroe solar alza su espada, para que le toque la luz, dibuja un león, o mira al sol, o es ya el sol.
Hay, seguramente, cierta grandeza en el caer, en cesar (la elegía es de lo vencido); pero todo lucha por permanecer, por trascender, re- generar: el árbol, la lagartija, el poeta, y hasta el más mísero de los seres. Ahora dicen que incluso las piedras. La épica de lo vivo.

“Toda creación hierve en su centro”. ¿En torno a qué gravita la poesía de Jaime D. Parra?

El centro genera energía, y como la espiral de un caracol, que se despliega, va creando un universo cada vez mayor.
Mi poesía gira en torno a lo que preocupa a mis yos: los exilios, los sueños. Pero sobre todo en torno a lo que es vida, al borde o sin él. Caminamos hacia adelante: sin saber, pero avanzamos en lo imprevisible. Solos los muertos caminan andando para atrás.

“Tu identidad no peligra cuando te desdoblas”. ¿Cómo abordas en tus poemas el dilema del yo?

El yo es solo un punto de vista, un temblor en las notas de la deixis personal. En las personas del verbo. Es cuestión de distancia o cercanía. El yo es una perspectiva. Y también hay yoes desdoblados. Para desdoblarme, uso también otras formas de distanciamiento o disfraz: el monólogo, las otredades, los multiyós, los heterónimos, anagramas, impersonales. Y en Papeles del desierto hay unos cuantos.

“Lo frágil es el vestido del silencio” y “Lo propio del poeta es perderse”. ¿Para qué escribir si todo es transitorio y está condenado a desaparecer en el silencio?

Lo frágil es el vestido del silencio, porque está muy cerca de la muerte. Lo propio del poeta es perderse, porque la poesía es un viaje entre pérdidas y entre nadas.
Todo es transitorio y condenado a desaparecer. Eso dicen los estoicos (Marco Aurelio), el Eclesiastés, Manrique. Toda acción desarrollada hasta su final acaba en la destrucción, señala también Onetti. Se crean castillos de arena, pero la arena no tiende a hacer castillos, sino a destruirlos. Escribir para desobedecer: para que algo se invierta. Todo lo que hacemos lucha contra la muerte y la caída. El arte, la fama, los oficios… Escribir es imponerse al gran destructor.

 Por último, ambos compartimos admiración por Juan-Eduardo Cirlot, quien en su Diccionario de símbolos identifica el desierto como lugar propicio a la revelación divina. Durante la escritura de este libro ¿hay alguna verdad que sientas que se te ha manifestado y quieras compartir?

Sí: el camino interior. Poesía también es aparición. El desierto aparece como un camino de vacíos, bajo el fuego, entre peligros, pero también con atisbos o vislumbres de maravilla, de belleza delicada: una flor roja, viva, por ejemplo, o la punta de una montaña verde, en su vértice, puede ser una llama(da) del sufismo.

Muchas gracias.

A ti.

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