noviembre 2020 - IV Año

ENTREVISTAS

Santiago Acedo y ‘La batuta mágica’: «Si la lección es divertida, se fija mejor en nuestra mente»

Haciendo gala de una encomiable habilidad poco común, y que parece más propia de otros tiempos de linaje renacentista que de la especialización a ultranza de hoy, Santiago Acedo siempre ha sabido compatibilizar dos mundos aparentemente antagónicos: el ejercicio del periodismo deportivo y la pasión por la música –por la llamada “música clásica”, a mayor abundamiento- y su divulgación. De vuelta, por fin y venturosamente, a la que en todo momento ha considerado su casa en el ámbito profesional, el ente público Radio Televisión Madrid, el periodista acaba de abrir la tercera época de uno de los programas más emblemáticos de Onda Madrid, premiado con una Antena de Plata en 2003 por la Asociación de Periodistas de Radio y Televisión: La batuta mágica, que ya había dirigido y presentado durante dos amplios períodos (de 1989 a 1992, y después de 1996 a 2013), y que ahora pasa a emitirse en la sobremesa de los fines de semana (sábados y domingos a las 15:00 horas, con repeticiones entre las 7:00 y las 8:00 horas).

Hablar hoy con Santiago Acedo imbuye de una poderosa alegría, y no es para menos. Pocas veces se puede celebrar el regreso de uno de los espacios de divulgación musical más carismáticos y entretenidos de la radio española.

-¿Qué tal la experiencia del regreso, Santiago? Imagino que volver a la redacción de Telemadrid y Onda Madrid habrá supuesto todo un hito biográfico; no sólo en lo profesional, sino también en lo personal.

Realmente estoy encantado de haber podido retomar mis actividades en Radio Televisión Madrid. Cronológicamente, primero regresé a la redacción de deportes de Telemadrid en 2017 para encontrarme a compañeros con los que ya había trabajado durante más de dos décadas. Luego, y entrando ya en el campo musical, tuve la suerte de ser el comentarista de los “Conciertos de Navidad» de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid (ORCAM), en 2018 y 2019, en Telemadrid; un cometido que ya desarrollé regularmente entre 1996 y 2010.

El pasado mes de septiembre me brindaron la oportunidad de volver a dirigir y presentar el programa La batuta mágica en Onda Madrid (101.3 y 106 FM), lo que supuso un subidón de energía y autoestima. El hecho de que se ponga en antena los fines de semana me permite cuidar más el guion, porque anteriormente se emitía de lunes a viernes y tenía mucho menos tiempo para prepararlo.

-¿Ha resultado difícil materializar la recuperación de La batuta mágica; un espacio radiofónico de divulgación musical que, a fin de cuentas, se halla inmerso en la vorágine de una emisora generalista? ¿Cómo ve, actualmente, la situación de la excelencia musical en los medios de comunicación españoles?

La música clásica sigue estando arrinconada dentro del ámbito de las artes. Cualquier persona se atreve a opinar sobre literatura, pintura, escultura, teatro o cine aunque no tenga conocimientos suficientes en la materia. Sin embargo, la mayoría suele pronunciar un “no entiendo de eso” cuando el asunto en cuestión es hablar de música clásica. La paradoja es que todos escuchan este tipo de música a diario, porque aparece en la publicidad de radio y televisión, y en muchas bandas sonoras de películas y series.

Es cierto que la música clásica requiere algo de esfuerzo para empezar a profundizar en ella, pero el placer que se obtiene es extraordinario. Yo animo a iniciarse escuchando piezas célebres, que incluso ya están en nuestra memoria aunque no nos demos cuenta, y luego investigar personalmente para ir descubriendo tesoro tras tesoro. Para eso está La batuta mágica, para hacer disfrutar a los aficionados y despertar la curiosidad en los escépticos.

Reconozco que, a veces, resulta complicado, pero yo mismo recorrí ese camino en mi juventud. No tengo estudios musicales, pero he dedicado muchas horas a escuchar obras y a leer acerca de ellas hasta el punto de que un amigo, que toca en una de las mejores orquestas españolas, me dice frecuentemente que yo sé más que él de música. Evidentemente no es así, pero -permítanme la broma- me doy por satisfecho si “engaño» a más de uno.

Que el director de Onda Madrid haya decidido recuperar el programa demuestra su valentía para ofrecer un auténtico servicio público para los y las madrileñas que desean pasar un rato agradable con la música de los grandes compositores. Gracias a las nuevas tecnologías ahora no sólo puede escucharse un programa cuando se emite por la radio, sino que se tiene acceso a él a través de la página web de la emisora (www.ondamadrid.es) y de la cuenta de Twitter (@labatutamagica) en cualquier momento y en cualquier lugar.

Encontrar un espacio de música clásica en una emisora generalista es una quimera, pero los desafíos están para afrontarlos. Ése es mi reto semanal.

Muchos oyentes y espectadores vinculan su voz a la esfera de los eventos deportivos; además, usted es un reconocido especialista en deportes minoritarios. ¿Cuándo y de qué manera nació su pasión filarmónica, y cómo se las ingenia para hacer compatibles dos universos tan diferentes?

-Mi pasión por la música clásica se despertó cuando empecé mis estudios de Periodismo, tras escuchar un disco de Louis Clark titulado “Hooked on classics” (“Colgado de los clásicos”), en el que enlazaba fragmentos muy famosos con un fondo de ¡batería eléctrica! Aquello me provocó la curiosidad de querer escuchar completas las obras que más me atraían y le pedí a un familiar cercano algunos discos de su colección de grabaciones clásicas. Reconozco que no todas las piezas me gustaron, tal vez por su longitud, pero fue el embrión que después creció con la visión de los maravillosos Conciertos de la 2 en TVE, que ofrecían piezas dirigidas por grandes maestros como Karajan, Solti o Böhm. El clímax pudo llegar con los Conciertos para jóvenes del irrepetible Leonard Bernstein y sus impagables explicaciones sobre el repertorio clásico. Más tarde fui oyente asiduo de los Clásicos populares de RNE.

Seguí escuchando y leyendo todo lo que se ponía a mi alcance hasta que, siendo yo redactor de deportes en Onda Madrid, presenté un proyecto de programa a la jefa del departamento en 1989. La idea gustó, y entre ambos decidimos el nombre y la sintonía del programa. Desde entonces ya son casi 20 años de La batuta mágica, en tres etapas distintas.

Santiago Acedo y Antonio Daganzo, durante uno de sus ciclos divulgativos de conferencias musicales

-Cuando se lanzó a la aventura de La batuta mágica, ¿llegó a imaginar, alguna vez, la larga y exitosa andadura del programa?

Ni por asomo. Desde el primer momento me sorprendió que muchos de mis compañeros y compañeras de la emisora fuesen oyentes interesados por un programa de música clásica. El hecho de atraer a un público cercano tan rápidamente me insuflaba ánimos. También me transmitían su sorpresa y admiración muchos colegas del periodismo deportivo, con los que me relacionaba habitualmente, y que desconocían esta vertiente mía. Y luego llegaron los oyentes anónimos que me agradecían el esfuerzo de enseñarles a degustar un campo semidesconocido. Incluso llegué a tener una cierta relación durante años con algunos de ellos.

-El tono desenfadado y refrescante de La batuta mágica, una de las indudables señas de identidad del espacio, ¿tiene que ver con su personal forja como periodista deportivo? ¿Con la valoración del entretenimiento como una importante estrategia para la divulgación?

-Creo que la manera de acercar la música clásica a un público amplio sólo puede lograrse a través de un lenguaje sencillo; así se consigue que pierdan el miedo a abordar un tema que, como dije antes, parece subido a un pedestal elitista. Para nada debe ser así. Cierto es que la cultura estuvo circunscrita a las clases altas durante siglos, pero hoy ya es patrimonio universal. En cuanto a mi tono desenfadado simplemente refleja mi forma de ser, con mis virtudes y mis defectos. Si bien trato de ser riguroso en mis explicaciones, un guiño cómplice de vez en cuando resulta más eficaz que una sesuda perorata. Si la lección es divertida, se fija mejor en nuestra mente.

-¿Qué otras señas de identidad destacaría como elementos consustanciales a la filosofía del programa?

-Creo que es fundamental abordar todas las temáticas posibles: sinfonías, conciertos con instrumento solista, música de cámara, ópera, y nunca me olvido de nuestra querida zarzuela. Insisto una y otra vez en señalar que es erróneo calificarla de «género chico», cuando se habla en términos generales, porque hay «género chico» -zarzuelas en un acto de argumento ligero y breve duración, donde priman los diálogos- y «género grande» -zarzuelas hasta en 3 actos sobre temas históricos con predominio de números cantados-. Con ello quiero reflejar mi pasión por la música española y sus autores. Creo inexcusable defender la zarzuela como una parte importante de nuestra historia.

Además explico términos musicales esporádicamente, sin que sea una sección habitual del programa porque creo que podría llegar a cansar. Y no me olvido de los y las grandes intérpretes de todos los tiempos, para demostrar que siempre hubo tenores, sopranos, violinistas y directores de orquesta del mejor nivel en todas las épocas, y que se conozcan otros nombres aparte de los Pavarotti, Domingo, Carreras, Caballé, Callas…

-Por ahora, en esta tercera época de La batuta mágica, parece afirmarse una acertada tendencia: el contraste entre un formato más variado, casi de miscelánea, para los sábados, y la visión más próxima al especial temático para los domingos. ¿Tendrá continuidad esta dicotomía? ¿Se irán proponiendo a la audiencia otros modelos de presentar los contenidos?

-En principio me he marcado esos dos tipos de programa: uno más variado, en el que tienen continuidad las obras más importantes de Beethoven -con motivo del 250º aniversario de su nacimiento-, y los primeros pasos de la ópera y la zarzuela, junto a obras del gran repertorio. En el formato de programa especial, voy alternando efemérides de compositores e intérpretes con temas como «el verano», «cantar sin palabras», «trenes», y otros que prefiero no desvelar.

Más adelante quizás pueda introducir nuevos formatos.

-A su juicio, ¿por qué cuesta tanto, en general, colocar las conquistas de los grandes compositores españoles a la altura de los logros debidos a los extranjeros? Hablar de “música clásica española”, ¿todavía causa extrañeza?

-Me temo que este asunto es fiel reflejo de nuestra escasa formación musical, que es crónica. Mientras en países como Alemania o el Reino Unido, por citar dos ejemplos, se enseña a cantar desde la más tierna infancia, y una gran cantidad de la población sabe tocar un instrumento y ha cantado en un coro, en España apenas se le ha dado a la música la importancia que tiene. Siempre fue una asignatura muy menor en la escuela y quien se interesaba por ella debía acudir a la enseñanza particular, con su correspondiente incidencia en la economía familiar.

Afortunadamente va cambiando poco a poco y hoy hay un gran nivel de profesores en los conservatorios, y salen excelentes músicos nacionales.

Desconocer nuestra cultura es algo endémico también en lo musical. Nombres como los de Falla, Albéniz o Victoria son muy respetados y programados en los grandes auditorios extranjeros. Es más, se les considera fundamentales en la historia de la música al nivel de los Bartók, Liszt o Palestrina -que podrían ser sus equivalentes por aportaciones similares en sus respectivos campos-. Ese «quijotismo», que tanto mal nos ha hecho, se exacerba en lo referente a la música clásica. Si aún no se es capaz de equiparar el monumento de la Novena Sinfonía de Beethoven -y me refiero a la obra completa, no sólo a la «Oda a la Alegría»- con las obras de Miguel Ángel, Rubens, Shakespeare, o los propios Cervantes y Goya, es porque la música clásica sigue siendo el pariente pobre de nuestras artes. Y recalco lo de música clásica porque actualmente hay una fiebre desmedida por la música «pop» o, más bien, por convertirse en cantantes famosos…

-Dentro de sus desvelos divulgativos con marca hispánica, por decirlo así, destaca, en efecto, su reivindicación de la zarzuela; y destaca aún más su voluntad de hacer entender a los oyentes que nuestro género lírico por excelencia tuvo, en realidad, su origen en el Barroco. Un origen tan pujante y singular que, de no haberse producido la arrolladora influencia italiana posterior, bien hubiera podido ser el trampolín para una escuela nacional operística en el siglo XIX; algo que no llegó a cuajar como en otras latitudes… Háblenos de ello.

La zarzuela no sólo fue importante en la época barroca sino que llegó a exportarse, principalmente a Italia por los lazos monárquicos y territoriales que nos unieron. Los compositores españoles trataron de mantener y mejorar sus producciones, pero las crisis económicas -que siempre las hubo- y las modas -en muchos casos por creer que es mejor lo que viene de fuera- acabaron arrinconando al género en favor de la ópera cantada en italiano.

La zarzuela renació en el siglo XIX, pero ya nunca pudo imponerse a la ópera, hasta el punto de que tampoco encontró su sitio la ópera cantada en español. Asimismo, muchas de las zarzuelas de «género chico» sirven como testimonio del saber popular y los acontecimientos de su época.

Reivindico también la zarzuela porque, junto a muchas páginas de circunstancias -al igual que las operetas vienesa y francesa-, posee verdaderas joyas, y cada vez que se ofrece una velada zarzuelística en otro país, ya sea en Centroeuropa o en Japón, el éxito suele ser apoteósico.

-¿Tiene predilección por alguna época de la Historia de la Música? ¿O por determinados compositores en particular?

Confieso mi debilidad por Mozart, Beethoven, Chaikovski o Dvorák, pero me gusta casi todo desde el Barroco hasta principios del siglo XX. Si tengo que concretar me quedaría con las obras orquestales, principalmente sinfonías y conciertos, aunque no desdeño la música de cámara de Schubert y otros autores. Y luego tengo bastante aprecio por compositores menos reconocidos en España como Shostakovich y Bruckner.

-No son infrecuentes sus guiños a repertorios más secretos, y eso nos permite disfrutar de partituras que muy difícilmente hubiéramos podido oír, por poner el ejemplo más obvio, en los Clásicos populares del añorado Fernando Argenta y Araceli González Campa. ¿Cómo va planteándose usted esas benditas osadías?

-Reconozco que, en mi afán de ampliar mis propios conocimientos y querer compartirlos con la audiencia de La batuta mágica, en ocasiones me meto en terrenos más difíciles, aunque siempre trato de hacerlo a un nivel que pueda captar la mayoría. Mis excursiones al dodecafonismo, al atonalismo e, incluso, al minimalismo procuro que sean breves y asequibles a todos los oídos. Pero en ningún caso me pongo un límite concreto a la hora de preparar el guion. Es más, suelo improvisar bastante durante la emisión, y puedo llegar a tocar algún aspecto que no tenía previsto.

-Recuerdo bien, durante los ciclos de conferencias musicales que hemos tenido oportunidad de brindar juntos, la gratísima impresión que nos causaba –y nos causa- poder superar las barreras del micrófono, o del texto ensayístico, para encontrarnos directamente con los rostros de los melómanos, y no digamos ya con la expresión emocionada de todos aquellos que iniciaban filarmonía de nuestra mano…  ¿Qué le diría a cuantos insisten, de manera más o menos explícita, en que la música clásica es cosa para gente aburrida, con tendencia a una solemne afectación?

-Que destierren esa creencia equivocada. Se trata de disfrutar de la música como pueden hacerlo viendo una película o admirando una pintura o una escultura. Tengo conocidos que esbozan sonrisas de satisfacción cuando escuchan el Vals n° 2 de Shostakovich, Para Elisa de Beethoven o la célebre Marcha Radetzky de Johann Strauss padre. Y añaden: «Ésta sí que es bonita». Entonces yo les digo que hay muchas más y mejores. Sólo es cuestión de dedicar un poco de tiempo a buscar esas maravillas ocultas. Quizás he dado con la clave: tener tiempo. El reloj es, tal vez, el peor enemigo del momento que nos ha tocado vivir.

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