abril de 2026

PASABA POR AQUÍ / Fraseología popular perversa

Detalle de la tumba de Urraca López de Haro, cuarta abadesa de la Abadía de Cañas (La Rioja). Talla de Ruy Martínez de Bureba (1272)

Cuando el pueblo demuestra realmente su sabiduría da gusto, cuando las tradiciones hacen agradable la vida merecen la pena, pero a veces esa sabiduría popular y esa tradición toman caminos perversos y demuestran lo peor de algunos individuos o colectivos.

Ahora no me refiero tanto a costumbres como a frases que sí tienen detrás perniciosas costumbres, vicios, malas prácticas y aspectos deleznables, en este caso españoles, aunque no se privan otros países de este mismo asunto. Muchas son frases de la vida cotidiana y otras se han resuelto en refranes más o menos antiguos.

En tiempos de la dictadura franquista se usaba mucho aquello de «usted no sabe con quién está hablando». Era una herencia de viejos tiempos en que nobles y prebostes acogotaban a humildes y siervos. Ahora se usa menos porque la mayoría ya no tolera esa frase y manda a hacer puñetas al soberbio que se atreva a soltarla. Me consta que hay personas de ciertos sectores sociales que quisieran seguir utilizándola porque se creen mejores que nadie, descendientes de la pata del Cid o ilustrísimas cabezas irreprochables; se les puede llamar clasistas de mierda sin temor a equivocarse.

Hay un refrán que denota la brutalidad de padres, maestros y otros supuestos educadores; aquel de «la letra con sangre entra», que hace falta ser bestias. Está sin duda relacionada con lo de «quien bien te quiere te hará llorar», como si no fuese más decente que quien te quiera te haga feliz. Era muchas veces la perversa justificación de la tiranía doméstica o educativa.

Esto de hacer llorar lo mismo suponía una venganza —no lo creo— de los destinatarios de aquella otra frase tristemente real en España: «Pasar más hambre que un maestro de escuela». Eso era y es la más perversa demostración del poco cuidado y el desprecio que un país lleno de cultura, pero abarrotado de incultos, tenía por maestros, profesores e intelectuales. No está vigente la frasecita, pero sí el desprecio por la enseñanza y la cultura en buen número de nuestros paisanos y gobernantes.

Hay otras muchas frases y refranes dignos de ser desterrados para siempre: «Quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro» que es paradigma de la falta de generosidad general y el poco aprecio por los animales. O aquella de «No hay mal que por bien no venga», prima hermana de «Más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer», o lo de «dame pan y dime tonto», que tantas veces contribuyen a fomentar el conformismo, la falta de reacción ante lo injusto, y que es esgrimida o sugerida por algunos que pretenden que el personal aguante carros y carretas. En el aspecto religioso también sirve a dicho efecto lo de «Dios aprieta, pero no ahoga»: más resignación, más «a aguantarse tocan». Y en esa misma órbita de acatamiento y sumisión está lo de «a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga»

De las frases populares que tocan el racismo —este país presumía de no serlo hasta que tuvo ocasión y demostró que lo era— casi basta con recordar: «Te han engañado como a un chino», «eres más guarro que un gitano», «más avaro que un judío», «trabajas como un negro», «hacer una judiada», «una merienda de negros»… que más allá de racismo y xenofobia indican una ignorancia de la realidad apabullante. ¿Hace falta explicar algo? ¿nos suenan los rebuznos racistas en el fútbol, en la política y en cualquier lugar a poco que nos descuidemos? ¿nos suena la xenofobia ignorante de muchos políticos y paisanos ante los inmigrantes que conviven con nosotros?

Pero hay una frasecita que me resulta especialmente perversa y que se sigue oyendo con demasiada frecuencia, lo de «ser de buena familia», puro clasismo que casi siempre supone ser de casa adinerada, como si las familias humildes no fuesen buenas. Reconozco que esta saca lo peor de mí mismo. Si alguien me la suelta puede tener conmigo una bronca de las de no te menees y hasta soy capaz de demostrarle que mi familia no sería buena por ser humilde, pero sabíamos dar unos guantazos la mar de contundentes.

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