febrero de 2026

Espada sí, bandera no

Imagen: rtve

Si podemos encontrar un denominador común en la mutación de la “izquierda clásica” hacia el populismo 2.0, es el cinismo como núcleo fundamental de su praxis política. Han cambiado cierto halo de misticismo teleológico, de milenarismo camuflado bajo una pátina de discurso racionalista, por un uso descarnado de la mentira, las medias verdades y la ocultación que les han convertido en los maestros de la desinformación. Naturalmente, esto no es algo muy novedoso porque siguen la tónica de las campañas de desinformación que practicaba el KGB (y sus herederos siguen igual), la gran diferencia es que, una vez descorrida la cortina del idealismo, solo queda lo que era y lo que es: la lucha del poder por el poder y la activación de un plan de ingeniería social para lograr que el poder sea permanente.

Estas estrategias de cinismo político hacen que cualquier elemento pueda ser convertido en ariete para demoler unas instituciones democráticas que, por miedo, por miopía o por estupefacción se han convertido en baluartes defensivos sin más ambición que sobrevivir, aunque sea a expensas de degradar los mínimos estándares morales de la democracia misma. Uno de los hechos que el populismo ha utilizado y retorcido hasta la náusea ha sido la encerrona que le hicieron a su majestad Felipe VI en la toma de posesión del presidente Petro. Cómo no, me refiero a la delirante procesión de una espada que quieren convertir en símbolo del populismo que ha prendido en Hispanoamérica y que, por supuesto, es la antítesis de la democracia.

Nuestro Rey, como nos tiene acostumbrado, se comportó como un jefe de Estado debe hacerlo, respetando las instituciones y símbolos nacionales de los países que visita y hacer caso omiso al folclore populista. El simple hecho de hacer lo que se debe hacer desató la fingida ira de aquellos que ven a la Corona como la clave de bóveda que hay que laminar para acabar con la democracia del 78 y activar su programa autocrático. Claro está que la narrativa de los actores políticos de la izquierda se basó en la más rancia interpretación del papel de España en el continente americano, azuzó el revanchismo anacrónico sobre el que surfean los líderes populistas de toda la esfera hispanohablante del continente y, en una especie de “teoría del alcance medio” vulgarizada, pretendieron contaminar a la actual monarquía con elementos morales y políticos de las épocas de las monarquías absolutistas. Todo vale para manchar la imagen del Rey, nada importa si el objetivo es acabar con la clave de bóveda de nuestra democracia.

Pero en este tipo de estrategias también podemos encontrar otros momentos delirantes que, además, han tenido consecuencias muy negativas para nuestro país. Una de ellas fue cuando el entonces jefe de la oposición, José Luis Rodríguez Zapatero, no se levantó ante el paso de la bandera de los EE. UU. durante el desfile de las fuerzas armadas en el año 2003. Naturalmente, lo que fue el germen de la descomposición y mutación del socialismo hacia el populismo, buscaba una ruptura simbólica con un país que es la antítesis del imaginario neocomunista. Desde aquél entonces y de la mano de los herederos y amigos de Zapatero, España ha dejado de ser un socio confiable, nuestra política exterior ha sido, como mínimo, errática. Lamentablemente, poco o nada hemos corregido, seguimos cavando en el agujero de la desconfianza con los que deberían ser nuestros socios, es decir, flirteamos con los autócratas o los aspirantes a autócratas y desdeñamos (o cosas peores) a las democracias…

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