abril de 2024 - VIII Año

Crisis de la modernidad: Atenas y Esparta, ¿un dilema moderno?

Markus Gabriel o Antonio Escohotado, entre otros, han subrayado que la hoy declinante modernidad ilustrada, tan en declive desde finales del siglo XX, se caracteriza por su ambigüedad. Mas, las ambigüedades de la Ilustración no solo se proyectaron hacia el futuro, lastrando nuestro presente, sino que también se proyectaron hacia el pasado. Es el caso de la vieja polémica de la Grecia Clásica sobre las virtudes y defectos de los dos principales sistemas político-sociales creados en el mundo helénico antiguo, el ateniense y el espartano.

Quizá pueda alguno preguntarse, pero ¿es posible que la antigua contraposición entre Esparta y Atenas haya podido tener alguna relevancia en la configuración del pensamiento político de la Ilustración?, ¿significó esa controversia algo para los ilustrados y para los revolucionarios americanos y europeos del siglo XVIII? Y, en caso afirmativo, ¿cuál ha sido esa importancia? Por insólito que pueda parecer, la respuesta a las dos primeras preguntas ha de ser afirmativa. Contestar la tercera precisará efectuar una reflexión más amplia.

Después del triunfo griego en las guerras médicas, en la primera mitad del siglo V (a.C.), en el que la potencia naval ateniense desempeñó un papel decisivo, la marcha de los acontecimientos planteó ante el mundo helénico una grave disyuntiva: o bien se imponía un sistema comercial y abierto, como el de Atenas, que llevaría al crecimiento del comercio y los oficios, a la lucha por la hegemonía en el mar y al desarrollo democrático; o bien se imponía la oligarquía agraria y militar de Esparta, lo que significaría el triunfo de las sociedades helenas más atrasadas y la renuncia a todo lo alcanzado por la Hélade con su victoria sobre los persas.

Atenas, capital de la Polis Ática, y su democracia no fueron las únicas referencias para la política griega, pues no tuvieron menor prestigio otras referencias, como la tiranía, entre otras. Así, junto al sistema democrático ático, tan idealmente plasmado en la constitución ateniense del siglo V (A. de C.), los griegos tuvieron también como referente político los sistemas oligárquicos, entre los que descolló por su poderío militar Esparta, capital de la Polis de Laconia. Las pretensiones hegemonistas de Atenas en el siglo V (A. de C.) se encontrarían siempre con la resistencia de las sociedades griegas agrarias más atrasadas, entre ellas la espartana, que lideró siempre la oposición a Atenas.

Los momentos culminantes de la Historia de la Grecia Clásica, es decir, los siglos VI al IV (a. C), tuvieron como principales protagonistas a estas dos polis: Ática (Atenas) y Laconia (Esparta), que rivalizarían por la hegemonía sobre el mundo helénico. El tiempo transformó rivalidad en antagonismo en el que, el triunfo final de Esparta sobre Atenas en la Guerra de Peloponeso (431-404 a. c.) determinó el final del apogeo y esplendor de la Hélade y el comienzo de su decadencia. Un declive económico y militar que conduciría al mundo helénico a la pérdida final de su independencia por la sumisión ante Macedonia en el siglo IV (a.C.), primero, y ante Roma finalmente en el siglo III (a.C.).

La Guerra del Peloponeso fue el acontecimiento más importante de la historia de la Grecia Clásica. Las causas del conflicto, más allá de la rivalidad política entre atenienses y espartanos, han de buscarse en los propósitos de Atenas de unificar el mundo helénico bajo su hegemonía, a los que se opuso Esparta, que también aspiraba a la hegemonía. Fue una guerra que duró del año 431 al 404 (ambos a.C.), aunque se inició un poco antes, y proseguiría hasta la sumisión de toda Grecia ante la Macedonia del Rey Filipo II (386-332, A.C.), tras su victoria en Queronea (338 a.C.). Los contendientes principales fueron Atenas y Esparta, cada una de ellas a la cabeza de amplias alianzas de polis, pues la guerra implicó a todo el mundo helénico y casi todas las polis griegas participaron en ella.

Admirador de Esparta, Plutarco (146-120) escribió las biografías del legislador Licurgo, creador de la constitución espartana, las de los reyes espartanos Agesilao II, Agis IV y Cleómenes III, y la de Lisandro, el general espartano que rindió a Atenas. También fue autor de una célebre recopilación de Máximas de Espartanos. Ayuda a comprender la fama de Esparta el prestigio de su ejército, considerado invencible durante casi dos siglos y protagonista de las gestas militares de las Termópilas (480 a.C.) y Platea (479 a.C.). Un ejército que concentraba la acción de las instituciones creadas por Licurgo con sus leyes, que convirtieron a Laconia en un gigantesco campamento militar. El ejército permitió a Esparta mantener su oposición a Atenas y su éxito más asombros fue la victoria sobre Atenas del año 404 (a.C.), inesperada para ellos mismos.

Alabar la organización político-militar de Esparta requiere siempre eludir el abismo existente entre su leyenda y su realidad históricas, Así, se ha de ignorar la afición espartana a las masacres. Mas esa admiración, ni se atenúa ni reduce ante el despotismo espartano, pues esa admiración nace principalmente de la fascinación ante el autoritarismo laconio, opuesto al incipiente Estado de Derecho, con ley escrita igual para todos, de los atenienses. Esparta era ese “otro modo” de “gobierno popular”, alternativo a la democracia ateniense. Una “democracia sin libertad”, que se presentaría como “democracia más auténtica”, no sólo legal-formal, e igualitaria, donde las diferencias de opinión se prohibían al subordinar todo a la “voluntad general” de la Polis Laconia, tan indefinible y única entonces, como cuando la formuló Rousseau (1712-1778) en el siglo XVIII.

La distancia entre el ideal y la realidad de las instituciones espartanas es fácil de apreciar. Así, en lo relativo a su estructura política, se dice que Esparta nunca conoció la tiranía, lo que resulta sorprendente, teniendo en cuenta que Esparta tampoco conoció nunca la libertad. Licurgo dividió la tierra espartana en lotes idénticos y prohibió su enajenación para asegurar la igualdad, aunque la tierra en Laconia estuvo siempre menos y peor repartida que en Ática. La moneda estaba acuñada en hierro, un dinero absurdo por inaceptable, pero impuesto por Licurgo para entorpecer las relaciones comerciales. Y, para perseguir el lujo y extirpar la riqueza, Licurgo estableció además los comedores estatales, obligando a todos a reunirse para comer juntos el guiso espartano, la Sopa Negra. Pocas culturas han despreciado tanto las ocupaciones pacíficas.

Igualmente, sus admiradores ignoran el espíritu sanguinario de los espartanos. Así, ciertos días de cada mes, los espartanos jóvenes organizaban matanzas de ilotas (siervos) mesenios, sus teóricos anfitriones, pues Esparta ocupaba, explotaba y oprimía a Mesenia, mucho más grande, rica y poblada que Laconia. Y causa espanto el programa eugenésico llamado oliganthropía, por el que Esparta exterminaba a los recién nacidos débiles o anormales. Los niños espartanos, al cumplir siete años, eran separados de sus madres para ser educados por el estado en una pedagogía de intemperie, hambre y penuria, que les enseñaba a ser “viriles” robando y engañando, lo que solo era admirado si no eran descubiertos.

Según Aristóteles (384-322 a. C.), la presunta igualdad espartana era una extrema desigualdad en la práctica. Todo en Esparta estaba sumido en el secreto, por un sistema de gobierno que aseguraba su arbitrariedad no poniendo por escrito ni siquiera las leyes. La masa ciudadana de Esparta era analfabeta y la aportación espartana a la literatura y artes griegas clásicas fue ínfima. El prestigio espartano se debe a su definición de nación inmune al “veneno” del individualismo, pues practicaba la unanimidad total, aún forzada, frente a sistemas “inauténticos” como la isonomía (igualdad legal ateniense), oponiendo a los intereses particulares una lealtad incondicional a “lo común”. Los espartanos eran mayoritariamente analfabetos y su contribución a las letras y a las artes de Grecia fue ínfima.

Por obvias razones, la historiografía antigua y la moderna han preferido centrarse en el estudio de Atenas. Mas también Esparta atrajo la atención de los antiguos y de los modernos, y hasta fascinó a muchos. El debate sobre la superioridad del sistema ateniense o del espartano fue uno de los grandes debates políticos de la época clásica en la propia Grecia, y en él intervinieron en defensa de las instituciones espartanas autores como el filósofo Platón (427-347 a. C.) o el historiador Jenofonte (431-354 a.C.). El aprecio a Esparta se mantuvo en el mundo romano, especialmente a través de las obras de Plutarco, que demuestran el prestigio de los espartanos en Roma. Hasta los estoicos romanos ensalzaron la austeridad espartana y su desprecio por la muerte.

En el Bajo Imperio y en la Edad Media especialmente, Esparta y los espartanos perdieron relevancia. El mundo medieval, hondamente cristiano, miraba con horror las políticas de exterminio de niños débiles o deformes, así como las matanzas de ilotas mesenios. Mas, en el Renacimiento, el ideal de Esparta recuperó protagonismo de la mano del nuevo platonismo y la influencia de los estoicos y de Plutarco, y se la volvió a estimar como arquetipo de los valores morales de la Antigüedad. Más aún, la Laconia idealizada se convirtió en el símbolo del régimen mixto en las ciudades-estado italianas renacentistas, y en el contra-modelo del absolutismo real, tanto en Francia como en el mundo protestante, desde el siglo XVI. ​

Pero sería en el siglo XVIII, con la Ilustración, cuando el sistema de gobierno espartano alcanzase su más alta estima. Con base en las obras de Platón y de Plutarco, Rousseau vio en Esparta el arquetipo de sociedad política y el estado donde la virtud fue más perdurable y pura. Rousseau, como los philosophes franceses, reivindicaba a Esparta frente a la “débil” y “afeminada” Atenas. Para Rousseau el “modelo” de república ideal era la antigua Esparta. La Revolución francesa reivindicaría a Esparta. El mismo Robespierre (1758-1794) la citaba con frecuencia como modelo de cohesión de la sociedad y del cuerpo político, y no se limitaba simplemente a citarlo.

Para Robespierre, que creía en Rousseau a ciegas, la única democracia antigua digna de consideración era … ¡la opresión espartana! Y, así, las pautas constitucionales de “El Incorruptible” se inspiraron en un Estado-Ejército sin leyes escritas, ya que Esparta simbolizaba para él un ideal de libertad (¡!). No resulta pues difícil comprender que los tribunos que dirigieron la dictadura jacobina concibieran la República francesa de 1793 como una nueva Esparta, militarista y extremadamente “virtuosa”, ya que la vieja Atenas les parecía débil y decadente, propensa siempre más a negociar que a conquistar y a aniquilar.

La dictadura jacobina convirtió El Contrato social (1762) de Rousseau en la nueva biblia de la “Diosa Razón”, y adoptó su filosofía de la historia que consistía, sobre todo, en oponer la más rígida “virtud” a los intereses particulares y al comercio, siempre sospechosos. La felicidad humana, para Rousseau, sólo es posible si se obliga a llevar una vida de austera igualdad. Pero la secularización jacobina no fue un “progreso”, sino un sangriento marasmo moral. Los jacobinos redescubrieron que el destino de Francia consistía en recobrar la antigua Grandeur del Rey Sol, Luis XIV. Un rey cuyo gobierno fue tan despótico y tiránico como la dictadura jacobina o el consulado y el imperio napoleónicos.

Con semejantes planteamientos, la revolución que en 1789 propuso establecer un Estado de derecho, tres años después concluyó en que la seguridad jurídica era solo un refugio para traidores. También pensaron que, frente al mercado libre, un sistema de precios fijos aseguraría la distribución de bienes, aunque en realidad sólo consiguió el desabastecimiento y la penuria. Los líderes revolucionarios avanzaban con la mirada fija en el legendario Licurgo, sin atender a la realidad. Su opción por la “virtud” y por la “inflexible austeridad” terminaría costando a los tribunos jacobinos perder el poder y, en muchos casos, como el del mismo Robespierre o Saint-Just, hasta la vida, en 1794.

La admiración por Esparta no concluyó tras los espasmos de la dictadura jacobina en la Francia revolucionaria de 1793-1794. Todavía en el siglo XX obtuvieron los espartanos un último destello de recuerdo y reivindicación. Fue de la mano de uno de los dos más importantes sistemas totalitarios de del siglo XX, el nacional-socialismo alemán: también Hitler elogió a Esparta al considerarla un arquetipo inspirador para el militarismo alemán y el primer «Estado de pureza racial» de la historia. El totalitarismo moderno, nazi o comunista, es también un fruto de la Ilustración, por muy intempestivo y amargo que resulte recordarlo.

De modo que, por insólito que pueda parecer, las causas y motivos de la vieja rivalidad de Esparta y Atenas, en la Grecia Clásica, también tuvieron bastante relevancia en la definición de los planteamientos políticos ilustrados, aunque esto no siempre se reconozca. Al tiempo que la recuperación ilustrada de esa vieja polémica ha constituido también una más de entre las muchas ambigüedades que envuelven y caracterizan a toda la Ilustración en su conjunto (leer La Ilustración en España), y a su posterior despliegue en los siglos XIX y XX, y su quiebra en el siglo XXI.

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