noviembre 2020 - IV Año

CINE

Un subgénero sobre ‘viajes iniciáticos’ … Gravity

El cine es como un cosmos paralelo lleno de fórmulas artísticas en los extremos: la vanguardia o la galería de la mediocridad, mensajes vacíos llenos de mordiscos y patadas o discursos hiperrealistas (o no) aptos para descalabrar lo socialmente inamovible y hacer denuncias existenciales de trascendencia filosófica y política.

 

gravity cabecera


A veces, la película en cuestión codifica rasgos profundos de un determinado modelo cultural. Así, en diversos focos culturales, entre ellos el nuestro, existe aquello que los mitos y la buena literatura denominan viaje o ‘experiencia iniciática’. Una serie de acontecimientos en la biografía del sujeto (que, desde luego, pueden ser traumáticos) provocadores en éste de alguna clase de cambio ontológico: un choque psicológico, no necesariamente
pseudo-mágico, que podría suscitar una relación distinta con la realidad, incluso su transformación crítica.

Por supuesto, en Occidente existen ‘tradiciones iniciáticas’ (unas cuantas políticamente progresistas) que permiten leer las expresiones culturales y los sistemas filosóficos a la luz de modelos simbólicos transformadores de sujeto y realidad; la Francmasonería liberal, mixta y adogmática es una de ellas.

Hay varios ejemplos sobre esas lecturas, películas que cuentan una demoledora experiencia que cambia todas las ideas y las perspectivas del sujeto-protagonista, para mostrarle respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que estaban ahí. Tenemos la sorprendentemente subversiva y ‘costumbrista’ Avatar (James Cameron, 2009) o la clínica cuántica y espacial expuesta con maestría en Interestelar (Christopher Nolan, 2014). Sin embargo, existe una película norteamericana de ciencia ficción del año 2013 que por su gran mensaje existencial y velada metáfora iniciática me fascinó. Se trata de la genial Gravity, dirigida por el también guionista y productor mexicano Alfonso Cuarón: una película no apta para un crítico cualquiera… Este artículo es también una pequeña ‘reacción’ a las críticas necias que cada cierto tiempo recibe esta película y su director.

La historia espacial contada por Alfonso Cuarón

Reivindiquemos una condición que nos pertenece por derecho propio desde la edad de los mitos y grandes poemas épicos: viajamos para encontrarnos, para arribar a un sujeto de acción transformadora. Nuestra astronauta, la protagonista de Gravity, como Odiseo, accede al conocimiento (una búsqueda permanente de horizontes que introduzca organización en la realidad observable) mediante un lenguaje racional que necesita como antecedente la reinterpretación del relato mítico, aquel que también extiende sus fronteras al interior de nuestra psique: una parte de esto ocurre en esa ritualización a pequeña escala que se experimenta en la sala de cine, donde el espectador puede vivir procesos dialécticos de identificación con la imagen. El ‘subgénero’ sobre travesías iniciáticas, durante ese proceso entre mito y razón, no nos dice el qué desear, pero sí nos sugiere el cómo.

Es preguntarse, ¿cómo se han encontrado y contrastado los deseos más íntimos del viajero con el psicodrama en el que participa durante los ritos de su vida? Y la sala de cine donde se relata el drama de la existencia es, como antes se proponía, una pequeña ritualización.

En esta historia, un grupo de astronautas se encuentra en órbita realizando unas complicadísimas reparaciones al Telescopio Espacial Hubble. En espacio abierto, con la Tierra enorme y azul bajo sus pies y sujetos al brazo robótico de una nave tipo STS, perteneciente a la mítica flota de transbordadores de la NASA, antes de que fueran retirados tras el último vuelo del Atlantis en el 2011 y el transporte espacial se concentrara temporalmente en las todavía más veteranas naves rusas Soyuz. 

 

Gravity – Tráiler Oficial

Por supuesto, tenemos que aclarar que Gravity no pasaría por completo un examen sobre exactitud técnica o ingenieril, pero diría que estas cosas hacen parte de las concesiones casi necesarias para que una película de ciencia ficción funcione (necias son las posturas que no entienden esta ‘realidad’ básica del cine). En cualquier caso, este film retrata con un realismo nunca antes visto cosas que, como la nave Soyuz o la Estación Espacial Internacional-ISS, son el Sanctasanctórum (si se me permite la expresión) de los que somos firmes seguidores de la historia de la exploración del espacio. La incontrolable cadena de acontecimientos de la película empieza con un Síndrome de Kessler (por supuesto, empezado por los rusos). Éste describe una reacción en cadena provocada por choques de satélites y chatarra espacial y que, por ejemplo, se traduce en miles de pequeños bólidos avanzando en órbita baja, capaces de bombardear y destruir cualquier cosa en su camino.

La historia transcurre en el 2014, pueden verse la nave Soyuz TMA-14M y el módulo ruso Nauka acoplado a la ISS. Sin embargo, la nave destruida de la especialista Ryan Stone (Sandra Bullock) y el comandante Matt Kowalsky (George Clooney) es el viejo transbordador Explorer, que en verdad es una maqueta de pruebas a tamaño real del Centro Espacial Kennedy. Existen otros muchos detalles (‘pequeños’ fallos técnicos), pero que vienen a unirse a las razones por las que elegí hablar aquí de esta película. Como el viaje temerario de supervivencia entre los restos del Explorer y una desierta ISS propulsados por una Unidad de Maniobra Tripulada (una mochila propulsora) y luego por una Soyuz inexplicablemente dañada entre la ISS y la evacuada estación china Tiangong, con objeto de hacer una reentrada de emergencia a la atmósfera a bordo de la nave Shenzhou (casi idéntica a su par rusa). Todo esto encarna el viaje imposible y necesario donde se vive la muerte y el renacimiento que el extraordinario director quiere acentuar con cosas como el profundo silencio de radio de una Tierra en la que la civilización parece no existir. O el inexistente traje híbrido a presión Sokol-Orlán, con el que la especialista Ryan Stone sale al espacio y que tan importante es para el mensaje simbólico presente en la historia.

El concepto o idea central de la cuenta regresiva, un tiempo que vuelve a comenzar, un regreso… el renacimiento, tiene un testimonio dramático propio de nuestra época en el lanzamiento de la nave espacial. Sin embargo, el primer instante, la hora cero de esta edad ha sido simbolizada en el imaginario colectivo desde los años 50 del XX con una imagen demasiado masculina: un cohete, enorme en todos los casos, cuyos atributos varoniles casi pueden leerse en clave psicoanalítica (el terrible empuje vertical, el desafío a la gravedad y finalmente la irreversible exploración de lugares (vacíos o llenos) perdidos o inexplorados.

Pero Gravity incursiona en esos territorios desde una perspectiva distinta. El viaje de la supervivencia traza una parábola matemática y geométrica. Es decir, ocupa con un relato sobre el regreso al hogar, la pérdida de seres amados, amigos y camaradas, el lugar geométrico donde están los puntos de un plano que equidistan de una recta (la directriz) y un punto lejano (el foco). Recta y punto siempre permiten la construcción de una parábola, que hará posible salir con vida de la travesía, y que evidenciará la simetría existente entre ésta y la perpendicular de la directriz; así como su tránsito por el foco. La exploración de la película no existe mediante la imagen masculina alargada y candente del cohete, sino con la feminidad maternal (la parábola) que conoce la melancolía y el valor más audaz. Pero que también llega cándida e inocente, por lo tanto, con dolor, a la certeza de la muerte (puede que simbólica) como única antítesis (redención) contra la monotonía y la indiferencia de lo cotidiano.

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En esta historia, el final del camino es en verdad un renacimiento. Algo mágicamente simbolizado por la especialista Ryan Stone emergiendo de su traje espacial y quedando suspendida, cual feto en el vientre, ingrávida y silenciosa a bordo de la ISS. Su destino, si es que tal cosa existe, corre el peligro de ser un vagar para toda la eternidad en el vacío del espacio. Una idea muy arraigada en nuestra psiquis y relatada desde tiempos remotos en figuras como Eneas, Odiseo, etc. Como en esos casos, y como en el nuestro, el viaje obliga a redescubrirse en el mismo filo de la existencia. Inmediatamente después lanza el desafío de una refundación del ser y su espacio tiempo. Como no podía ser de otra forma, durante el camino pierde (en el autosacrificio) a su único acompañante, diríamos que guía y salvador en los momentos de mayor peligro (un hombre, por supuesto, en consonancia con la más vieja tradición masculina del cine de Hollywood).

Una especie de lágrima flotando por la ingravidez, haciendo las veces de espejo donde ver al peor enemigo de este nuevo y posible nacimiento (ella misma), recordará el momento de más debilidad: cuando la única superviviente empieza a desconectar los sistemas de la Soyuz y se queda a la espera de la muerte (simbólica) en el interior del oscuro habitáculo, donde se producirían sus últimas reflexiones. Justo antes del regreso, una alucinación en realidad, de su hermano de desventuras y veterano astronauta. Éste simplemente le dice: ‘deja ya de llorar, hay que plantar los pies en la tierra y empezar a vivir… Ryan, es momento de volver a casa’. Renacer es vivir de una manera distinta, después de todo el planeta entero está bajo la Soyuz para volver a ser explorado, simbolizado y reinterpretado. Y es todo el peso del ser el que reescribe revoluciones a su alrededor. Con lo que viaje y heroísmo se convierten sólo en vehículos de la experiencia, cuyos giros dialécticos han de recuperar una intensidad y pasión nuevas en el hecho de vivir y ver vivir a los otros.

«I get it, it’s nice up here. You could just shut down all the systems, turn down all the lights, just close your eyes and tune out everybody. There’s nobody up here that can hurt you. It’s safe. What’s the point of going on? What’s the point of living? Your kid died, it doesn’t get any rougher than that. Still, it’s a matter of what you do now. If you decide to go then you just gotta get on with it. Sit back, enjoy the ride, you gotta plant both your feet on the ground and start living life. Hey, Ryan, it’s time to go home.» ―Matt Kowalski, durante la alucinación de Ryan Stone

Un cine sobre viajes iniciáticos

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Sin duda, Gravity debe incluirse en ese subgénero del cine sobre viajes iniciáticos. En resumen, porque plantea un aspecto angular del sujeto inteligente que no sólo busca, sino que construye conocimiento, cultura y lenguaje: la cuestión de sus deseos.

En las ‘travesías iniciáticas’ (un germen inserto en la especie capaz de fundar una cultura), el conocimiento es una cuestión de necesidad para sobrevivir, pero luego se convierte en cúmulo de sublimes aspiraciones por llegar a un tiempo nuevo, donde se refunda o re-simboliza una parcela X de la realidad. Y, sin embargo, se trata tan sólo de recordar nuestra fundamental naturaleza deseante, esa que nos convierte en hombres y mujeres que, aunque vivamos nuestra vida físicamente anclados a tierra firme, en términos psíquicos siempre nos está proyectando a un universo que en aplastante proporción permanece inexplorado (la subjetividad humana es ‘proyecto’ siempre arrojado al futuro).

Y recordemos que el ‘universo’ también puede ser una metáfora filosófica que oculta el camino material y mental hacia niveles de organización más avanzados del ser y sus estructuras. Ahora bien, esa proyección puede ser nada más que una mirada fugaz y tímida. O puede llevar a que salgamos disparados hacia arriba en busca de nuevos límites y realidades. Entre una cosa y la otra (y sus puntos intermedios, naturalmente) entra en juego lo que me gusta llamar mística de la razón. Y una trascendencia entendida como la innata capacidad de sorprenderse y emocionarse por el delicado y a pesar de todo continuo funcionamiento del mundo.

¿Es que no podemos aspirar al asombro? ¿Qué es lo que determina la posición del sujeto entre uno u otro de esos estados (la mirada tímida o el salto hacia arriba) en contraste con la intensidad de sus deseos? Son cientos de variables las que pueden entrar en acción, pero en este caso tenemos que tomar en consideración lo que ocurre cuando nuestras ansias se cruzan con lo que denominamos experiencia iniciática.

El protagonista de esos procesos es el constructor que ha emprendido una cadena de viajes, en ocasiones siendo el héroe, y que le llevarán a edificar una serie de nuevos derechos inalienables: por ejemplo, la palabra, el conocimiento que casi siempre parece estar fuera de la conciencia y la autoconstitución soberana de sí mismo, aquello que nuevamente le retorna a él, ahora provisto de una subjetividad fortalecida y saneada.

Una de las claves de lo anterior también está presente en Gravity. La especialista Ryan Stone sufre un episodio de delirio cuando decide apagar los sistemas de soporte vital de su inutilizada Soyuz y esperar a la muerte, donde el comandante Matt Kowalsky (el eco de su presencia en el frío del espacio, ya convertido en adaptación arquetípica como el Senex y que antes fue el heros que se sacrifica por voluntad propia para salvar al otro/a) le hace entender que lo que nos sirve para aterrizar también puede funcionar para despegar (la solución al problema de poner la nave en movimiento).

El arquetipo del Anciano Sabio, el Senex simbolizado en el comandante Matt Kowalsky en la película Gravity, se remonta a la figura del hechicero o chamán original de la tribu. El abuelo, profeta, médico, mago y ermitaño, el peso de una autoridad mitológica que guía a la tribu. Su cara negativa es el padre devorador o el anciano sabio, pero ya perdido en los laberintos de su mente. Este sistema arquetípico de suma importancia ha dejado una honda huella narrativa: desde Hermes Trimegisto, Moisés o el mago Merlín, hasta Gandalf en las novelas El hobbit y El Señor de los Anillos, Dumbledore en la saga Harry Potter e incluso el coronel Aureliano Buendía (y su padre) en Cien años de soledad.

Pero resolver el ‘misterio’ de poner la nave en movimiento sólo se hace posible cuando la viajera se reencuentra con ella misma, lo que en un estado pre-iniciación (antes del gran trauma, la travesía psicológica, que podría matarle o cambiar su forma de vivir) puede ser enfrentarse con su dolor más auténtico (en su caso la pérdida trágica de una hija); o aquello que la ha esculpido y forjado en verdad, unos deseos truncados, amenazados o asesinados. Pero no hablamos necesariamente de un duelo definitivo, sino más bien la asunción de esos deseos desde una pantalla nueva, por ejemplo, la película Experiencia Iniciática como contraposición al peso rutinario de una vida insulsa y simplona que no comprende su propio dolor. Aquí entramos en los territorios de la hermenéutica del sujeto. La especialista de misión Ryan Stone hace el duelo por la pérdida de su hija, porque antes ha sido dada a luz simbólicamente desde el traje espacial que la mantenía segura, cálida y comunicada… aunque conformada con su dolor. Arrojada (recordemos a Heidegger) al equilibrio inestable de la ISS, desde donde esta dualidad entre infancia y maternidad empezará a superarse para dar paso a la adulta que decide, en total autonomía, hacerlo todo para sobrevivir.

Los anhelos de la viajera que ha tenido su muerte simbólica arriban a una nueva época de florecimiento al final de la película, cuando la nave china Shenzhou regresa a la Tierra y cae en los ricos y turbios ríos del sur de Asia. En algún momento, las palabras, las señales de radio de la Tierra, se recuperan de golpe. Ryan tiene que ‘autoalumbrarse’ nuevamente, con sufrimiento, en un profundo, ancestral y originario medio acuático, escapando del módulo de descenso y su traje espacial ruso que le impiden llegar a la superficie y respirar.

Pero la ausencia de gravedad terrestre durante su misión en el Explorer ha dejado su rastro, y sus huesos se niegan a sostenerla en un primer instante. Primero tiene que arrastrarse fuera del agua, luego gatear hundiendo con vehemencia las manos desnudas en el barro y, finalmente, volver a aprender a caminar. Así, la analogía con el fenómeno iniciático es de poética profundidad. El primer paso de la superviviente tras la misión, de repente agigantada, es como el primer paso de la especie sobre un planeta verde y arcilloso preparado para ser reinterpretado. Es decir, nuevamente simbolizado y narrado. Y esto es lo que hace a la película un ejemplo maravilloso del trayecto iniciático. Ese primer paso de Ryan es una simbolización del comienzo de la Historia, dado que regresa de un viaje al espacio, se trata del retorno del sujeto a la Humanidad, luego de haber traspasado temerariamente lo que representa todas las fronteras: el espacio. Aunque, por supuesto, se trata de la llegada a un lugar desde donde se ve un nuevo horizonte por alcanzar.


logofunedEste artículo forma parte de los materiales para el análisis y debate del Curso en Psicología Política y Comunicación de la Fundación UNED.
https://www.investigacionyformacion.com

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