abril de 2024 - VIII Año

Razones y valores de Nietzsche para superar la moral cristiana (I)

“Hay una manera de preguntarnos nuestras razones
Que no sólo nos hace olvidar nuestras mejores razones
Sino que suscita en nosotros una resistencia y aversión a todas las razones”
(Aforismo 209 de la Gaya Ciencia)

En esta primera parte, abordaré las razones en las que se apoya Nietzsche para superar la moral cristiana y después, en la segunda parte, atenderé el afán propositivo de valores que contienen dos libros suyos, a saber: “Así hablaba Zaratustra” y “Aurora” que, a mi juicio, son sus obras más firmes en su propuesta moral.

Friedrich Nietzsche tenía “razones“personales para abdicar de la moral cristiana  e iniciar una búsqueda personal. Esas razones motivaron su catarsis, la limpieza del canon eclesiástico, con la pretensión de encontrar una moral  más condescendiente con el yo, o mejor dicho, con la naturaleza del yo. Posiblemente, la que encontró fuera aún más exigente y ascética; pero, inmensamente más sincera y auténtica, de authentés, el que es por sí mismo.

Es evidente que “las razones personales”, nunca son razones. Si las propone el propio sujeto interesado, son justificaciones o racionalizaciones; es decir, mecanismos de defensa de la propia neurosis. Y, si las propone otro, son explicaciones, conjeturas o intuiciones, más o menos bien avenidas, para comprender al otro y su obra.

Con esa modestia confesada, considero que la  catarsis nietzscheana exige comprensión y empatía para calibrar la necesidad que Friedrich pudo sentir para exonerarse de la carga angustiosa que su biografía le impuso: nació en una familia levítica por parte de padre y de madre, un abuelo suyo era obispo, su padre y un tío materno fueron pastores; por si faltara algo, sufrió el tripe matriarcado que encarnaron su abuela, su madre y su hermana, aunque era menor que él, pero mucho más intransigente y dominante que las mayores, hasta que dio en el partido nacional socialista…

No obstante, es preciso atender a las razones, con otro fundamento, por las que Nietzsche considera que debe ser superado el cristianismo, como moral de esclavos.

A Nietzsche, en Humano, demasiado humano (aforismos 113 al122), le choca que un dios engendre a su hijo en una mortal, siendo ambos de naturaleza tan diferente. Señala que esto ocurría, naturalmente, en la teología griega, porque los dioses homéricos sólo eran los ejemplares más logrados de la humanidad. En cambio, el cristianismo sitúa a Dios como el Ser Puro, Voluntad Suprema, Creador, Redentor, Razón y Espíritu de Verdad.

A su lado, el hombre aparca su contingencia en un muladar abyecto de carne llamada a pudrirse, foco de anhelos y pasiones, dispuesta a cualquier desmán con tal de mantener su equilibrio, cuando no es fuente de dolores, enfermedades e insuficiencias.

En consecuencia, el hombre sólo aspira a refugiarse tras las virtudes cristianas, para embellecer su apariencia, aunque haya de rendirse al servilismo que le impone la clerecía, la católica y la protestante.

Nietzsche desafía el carácter intocable de la moral poniendo en cuestión el aparato coercitivo que la rodea (Aurora, parágrafo III de la Introducción), que después se transforma en la camisa de fuerza de la costumbre para terminar formando parte de la conciencia, de la mala conciencia, que persigue a la persona desde dentro. Así, se genera la moral de rebaño.

En la literatura nietzscheana, podemos encontrar tres razones que lo llevan a abominar de la moral de esclavos, que es como él cataloga a la moral cristiana. Es la moral de los muchos, que se sustenta en el respeto y acatamiento de tradiciones y costumbres inveteradas, que adquieren autoridad de su carácter antiguo, aunque no tengan solidez, o hayan sido originadas por un azar.

Él considera que la moral de esclavos, de sometimiento y resignación, obedece a los conceptos de pecado, culpa y eternidad, esta última como seducción. Vamos a desglosar estas razones.

1.- Pecado:

El pecado es un crimen contra los preceptos divinos, dice en Humano, demasiado humano, un acto de rebeldía por incumplimiento de alguna norma o canon a que está obligado el feligrés. Nietzsche, en el aforismo 135 de la Gaya Ciencia, considera que el pecado es un sentimiento e invención judía que,  cito textualmente: presupone a un Ser poderoso, prepotente y, no obstante, vindicativo cuyo poder es tan grande que no puede ser agraviado salvo en su honor y cuyas consecuencias son sobrenaturales”.

En este sentido, la primera pecadora fue la Iglesia, antes y después de Trento, sin Reforma y con ella, al imponer la fe por la fuerza, violando el mandato evangélico de amarse unos a otros. Ni Urbano II predicando la Cruzada para liberal los Santos Lugares, ni Inocencio III creando la Inquisición para extinguir a los cátaros, ni Bonifacio VIII, fomentando conflictos para imponer la supremacía pontificia universal son adalides de la moral cristiana. Más exactamente, utilizan el cristianismo en sus delirios impositivos y violentos, alegando una supuesta moral.

Tampoco nos contentaremos  pensando que los mandamientos de la Ley de Dios son diez, más el citado evangélico; la Iglesia, por su cuenta, añadió otros cinco; pero, cumpliendo los dieciséis tampoco estamos a salvo de pecado, porque, realmente, la Iglesia cuenta con 5.000 cánones, susceptibles de ser infringidos por el penitente. Además, el penitenciario, fiscal y juez del tribunal de la confesión, tiene su propia técnica escrutadora de la conciencia para escarbar entre los escrúpulos y encontrar otros vestigios de la maldad humana. Es tan sutil y aguda la propensión pecadora, que hasta las monjitas adoratrices, que pasan el día vestidas de novia ante la custodia expuesta, necesitan confesarse de forma regular, y encuentran motivos para ello, aunque sea por exceso de piedad. Todo es cuestión de la sutileza del confesor.

Hay pecados de acción, pensamiento y omisión. No se trata sólo de robar o matar, sino que una fantasía erótica puede ser tan deleznable como no dar limosna a un menesteroso, o un sentimiento de repugnancia ante un leproso, porque esto último supone una grave falta de caridad.

El pecado siempre es un acto contra Dios, mortal o venial, según sea el grado de osadía y envalentonamiento que demuestre tener. Hay pecados de los que sólo puede absolver al penitente un obispo y los hay que no se perdonan ni en esta vida ni en la otra, dejando al penitente en la excomunión, la condenación eterna, que tampoco es una muestra de caridad.

El baldón del pecado es inevitable, porque las prescripciones ascéticas son tan numerosas y de tanta sutileza que el individuo no puede zafarse de incurrir en alguna infracción, por mucho cuidado y esmero que ponga en cumplir. Es un ser perseguido por un policía impersonal, incrustado en su propia conciencia, la mala conciencia en el argot nietzscheano, que denuncia  a todas horas su maldad y felonía, por lo hecho contra el canon, o lo no hecho a su favor; por la intencionalidad de un pensamiento y su alevosía, o por el placer experimentado por la evasión ante un supuesto deber.

Los terapeutas llaman “diálogo interno” al proceso del policía interior y lo consideran  uno de los enemigos a abatir, dado el carácter perjudicial que tiene sobre la estabilidad y armonía de la persona. Quienes no acuden al terapeuta y van al confesionario  encuentran un juez, predispuesto a perdonar, eso es cierto, pero que, previamente, hace una instrucción para calibrar el grado de maldad del delito, sus circunstancias y previsiones pecaminosas, mientras el penitente ha de soportar el bochorno y la afrenta de sentirse cuestionado en su intimidad más reservada: lo que pensó, sintió, omitió, dudó, hizo o quiso hacer, fuera consciente o inconsciente.

En otros tiempos, en los cenobios de forma habitual y fuera de ellos ocasionalmente, la Iglesia imponía la palinodia, la confesión pública del pecado y, para mayor humillación y escarnio, el cumplimiento de la penitencia ante la comunidad.

La sumisión es superlativa, toda vez que, como denuncia Nietzsche en el aforismo 89 de Aurora, “El cristianismo ha hecho lo imposible para cerrar el círculo al calificar la duda  como pecado. Uno ha de arrojarse sin pensarlo en la fe, sin razón alguna, por un milagro”..., porque poner en duda las creencias, las verdades reveladas, el fundamento dogmático de la moral es un atentado contra la autoridad divina. Es decir, la simple duda ofende a Dios, por someter a juicio estos desmanes.

2.- La culpa:

Estar en pecado es una situación execrable para el creyente, indigna, abominable tanto para el propio sujeto que reconoce haber pecado, como para los prójimos, hayan  conocido o no la acción malvada. Los pecados de omisión y de pensamiento carecen de control social; pero, tanto estos como los actos pecaminosos perjudican a toda la comunidad. Los castigos divinos como terremotos, sequías, pandemias y diluvios, desde aquello de Noé, son consecuencia de los pecados individuales: peca el sujeto y paga la comunidad, de donde se viene a concluir que pagan justos por pecadores. Tal  carga  repugna a la conciencia del feligrés y hiere cualquier pudor, por grosero que sea. Claro, que tampoco soporta un rudimentario análisis crítico, por poco que nos exoneremos de las creencias que amañan la esclavitud.

El sufrimiento que conlleva tal estado psicológico es debido a la exclusión mística, en tres vertientes:

  1. a) Personal, ya que el pecador se considera rechazado, fuera de la comunión de los santos, expulsado de los sacramentos y aterrorizado por si la muerte lo sorprende en semejante tesitura.
  2. b) Comunitaria, puesto que el pecador perjudica a toda la comunidad que puede ser castigada por su causa.
  3. c) Por si faltara poco, el pecador se echa en cara haber frustrado el proyecto que Dios tiene sobre él, o ella; ha despreciado el sacrificio de Cristo y malversado el tesoro de la Redención.

Es un desastre torrencial que lastima necesariamente la autoestima de la persona y ofusca la viabilidad de su futuro, a menos que medie la Misericordia divina, cuyo administrador es el confesor.

La culpa es una actitud perniciosa, se retroalimenta con pensamiento circular, puesto que el pecador, una y otra vez, se reprocha su acción, pensamiento u omisión, refocilándose masoquistamente en su inadecuación.

Por los medios que sean precisos hay que recuperar el estado de gracia, recuperar el amor de Dios y volver al redil de los justos, los muchos bienaventurados que integran quienes sólo tienen el pecado original, perdonado por el bautismo  y quienes han sido perdonados, tras cumplir la penitencia. Todos  son pecadores y ajenos a la Gracia de Dios, de no ser por la Misericordia divina; esto es, al beneplácito de los administradores terrenales de la Gracia de Dios.

Para Nietzsche, la culpa, en su origen, proviene del carácter mercantil del hombre (parágrafo VIII de la Genealogía de la moral), cuando dice: “el hombre se designaba como el ser que mide valores, valora y mide como el animal tasador en sí (que es)…El germinante sentimiento de intercambio, contrato, deuda, derecho, obligación, compensación, fue traspasado del plano personal al comunitario, junto al hábito de comparar, medir y tasar con el poder… Este sistema de trueques, al principio, se efectuaba entre hombres dotados de un poder similar; pero, después los compromisos se impusieron de arriba abajo, los más poderosos forzaban el compromiso de los menos fuertes.

La culpa nace de la mala conciencia de haber roto la mesura, la medida, el justiprecio de la convivencia. Los poderosos abusan de su poder y para no asumir su culpa, pueden derivar hacia la crueldad y desprecio a los inferiores. Los débiles sienten culpa desde el resentimiento, por no poder tomar venganza, ni restablecer el equilibrio y resarcirse del atropello. Hay culpa por la injusticia en ambas vertientes, aunque sea paradójico.

3.- La inmortalidad:

Caronte por Alexander Litovchenko

Nietzsche considera que ésta es un recurso de seducción del cristianismo. Halagar el narcisismo del ser humano ha sido una constante en el mundo de las religiones. De ser un pecado, no es exclusivo del cristianismo, porque la inmortalidad ya figuraba, tres mil años antes de Cristo, en los cultos nilóticos. Caronte trasladaba a las almas, a través de la laguna Estigia, hasta el Tártaro, previo el pago de un óvolo. Los judíos van aún al seno de Abrahán. Y los musulmanes, que tampoco son feministas, se disponen a ir al Edén a gozar de maravillosas huríes.

En el aforismo 49 de Aurora, Nietzsche defiende que “el sentimiento de soberanía del hombre” se ha buscado tanto en su origen, hecho “a imagen y semejanza de Dios”, por el propio Dios que lo hizo de barro y le insufló el alma, como a posteriori, defendiendo que, tras la muerte, el destino  del hombre es la vida eterna, la contemplación divina, estar con Dios, o entusiasmado, en Dios.

Cristo, con su muerte, dice Nietzsche, se pagó a sí mismo la deuda que le debía el género humano. De ese modo, volvió a abrir las puertas del Paraíso, antes cerradas por el pecado original y los siguientes. Es un cúmulo de paradojas: Dios, el acreedor, se paga a sí mismo una deuda, en nombre de sus deudores. Con lo fácil que hubiera sido perdonar, simple y graciosamente, dicha deuda. Pero, sin la tragedia de Cristo en la cruz no tendríamos una imagen culpabilizante y coercitiva, que agrandara nuestra vergüenza ante el pecado.

Y, en el aforismo 53 de Aurora, Nietzsche advierte de “la presión de las exhortaciones a la penitencia y del miedo al infierno”. Es decir, la inmortalidad no es neutra, puede ser una gracia mística, o una pena cruel, injusta y eterna. El poeta (los críticos han venido a señalar como autor a Lope de Vega, anacreóntico y de coherencia inversa) dijo: No me mueve, mi dios, para quererte -el cielo que me tienes prometido,-ni me mueve el infierno, tan temido, -para dejar por eso de ofenderte…Con permiso del quietista San Juan de Avila, doctor de la Iglesia, los psicólogos sabemos que toda negación afirma, que la negación es una mera defensa. De no haber existido el anhelo de felicidad inconmensurable y el miedo a la condenación eterna, tampoco habría habido soneto, por lo menos.

La inmortalidad como promesa de felicidad infinita, que derivará de la contemplación de Dios, es aún el mejor anzuelo para cautivar voluntades y someterlas al canon. El hombre, libre ya del trabajo y los deberes que le  impone su supervivencia, libre, por fin, de la propensión al pecado y de la culpa y libre de la incertidumbre del futuro, situado en el cielo, en un eterno presente gozoso de la Gracia de Dios, qué otra aspiración pudiera tener. Pero, ahora, toca cumplir, sacrificarse, negarse uno a sí mismo, acatar los desastres naturales como expresión del castigo divino a la comunidad por nuestros pecados individuales y obedecer al Papa, a los obispos y al confesor. De no ser así, nos espera el infierno espeluznante que describió Dante.

Si aún cupieran dudas sobre el carácter esclavista del cristianismo, reparen en el mensaje recogido en Mateo 5:3-12 donde Jesús, en el sermón de la montaña,  elogia a los pobres de espíritu, los mansos y humildes, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia o son perseguidos por ella, los misericordiosos, los de corazón puro, es decir los niños, y los pacíficos. Las ocho bienaventuranzas son convergentes en la resignación y determinan estar prosternados ante el destino y la potestad de los poderosos.

“La moral cristiana, dice Ganivet en su Idearium, nacida de la región judaica era negativa para los judíos, puesto que, dando por terminada la evolución religiosa, cerraba el horizonte de sus esperanzas y les condenaba a recluirse en una religión acabada, perfecta e inmutable”. ¡Magnífico análisis! Hecho desde fuera de la Teología. Eso explica, añade Ganivet más adelante, por qué la Iglesia creara el Estado religioso, teocrático, al metamorfosear el cristianismo en catolicismo, como religión universal, imperante, dominadora, con posesión real de los atributos de la soberanía, cuyo símbolo es la tiara papal. La fuerza, concluye Ganivet, destruye a la vez las opiniones disidentes, (las herejías), y la fe misma que se pretende defender. Una vez más, quien a hierro mata, a hierro muere.

Nietzsche y Ganivet convergen, aun transitando por diferentes caminos, porque todos llevan a Roma. Sin remedio. La moral de esclavos de Nietzsche y la moral impuesta de Ganivet, que tanto da, conducen a un mismo callejón sin salida, un saco ciego, donde sólo se encuentran negaciones a la naturaleza y sufrimiento.

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