julio de 2024 - VIII Año

Tito Lucrecio: un pensador materialista, atomista, epicúreo… y precursor de la ciencia moderna (y II)

Una mirada somera sobre “De rerum natura”: luces y sombras

La sensatez es la virtud propia de la inteligencia por la que se adquiere la facultad
de deliberar adecuadamente acerca de los bienes y de los males.
Aristóteles

Detalle del frontispicio de una copia de «De rerum natura» escrito por un fraile agustino, siglo XV.

Es una prueba de valor –heredada de Epicuro- el atrevimiento de pensar que lo que llamamos destino no está predeterminado, ni por nada, ni por nadie. Ese es el principal motivo para desechar el miedo a los dioses y para apreciar los  placeres sencillos que la vida ofrece.

Lucrecio siguió lo mejor que pudo y al pie de la letra, el consejo epicúreo de apartarse de la vida pública y vivir retirado.

Exploremos, aunque sea de forma superficial, esa obra grandiosa que es “De rerum natura”. ¿Qué vamos a encontrar en los seis libros de que consta? Desde luego una amalgama de ideas bien construidas y articuladas en seis libros.

El tratado incompleto, aunque quizás fuese más exacto decir que a falta de concluir, está escrito en verso y consta de unos siete mil quinientos hexámetros dípticos. Recordemos a este efecto que a lo que llamamos libros, en la antigüedad, debemos entenderlos como capítulos o partes.

El propósito principal, ya lo hemos apuntado, no es otro que hacer pedagogía y dar a conocer las enseñanzas del epicureísmo, que por supuesto, incluyen tanto una cosmología atomista, como una ética hedonista moderada. “De rerum natura” desprende una belleza, a veces sublime.

El fin de cada ser de la naturaleza, no es sino el comienzo de otro. La realidad no es otra cosa que múltiples trayectorias infinitas cuyos átomos se mueven en el vacío. El Universo, no nos cansaremos de repetirlo, está regido por el azar y, por tanto, son desechables y gravosas todas las interpretaciones teleológicas.

Dedica hermosas páginas a hablar de los átomos y del vacío. Así como del movimiento incesante y de las agrupaciones y disgregaciones de átomos. No olvidemos que “De rerum natura”  es un extenso poema de contenido filosófico.

A Lucrecio le parece un asunto de interés capital disertar sobre la naturaleza del alma, que al igual que el cuerpo es mortal y se disuelve en el tiempo y en el vacío.

Le preocupa, asimismo, lo que podríamos considerar la evolución de las sociedades humanas. “De rerum natura” también incluye unas consideraciones sobre las enfermedades y concluye con la peste de Atenas que tuvo consecuencias devastadoras.

Su ánimo divulgador y pedagógico le hace considerar minuciosamente los peligros que acarrea la religión. A “sensu contrario” se explaya en el consuelo que proporciona la poesía y el disfrute de los placeres sencillos, atreviéndose incluso a formular los peligros que trae consigo el lujo y que en lugar de acercarnos a la felicidad, nos aleja de ella.

Es una agradabilísima curiosidad y un ejemplo más de los juegos de espejos del azar que haya llegado hasta nosotros. Con el peso que alcanzaron los dogmas de la Iglesia Católica y su afán de destruir cualquier atisbo de pensamiento contrario a sus enseñanzas,  es casi un milagro.

La mayor parte de las traducciones –unas más acertadas y otras, menos- son monótonas y poco atractivas. Por su rigor y precisión destacan la de Agustín García Calvo y la de Luis Alberto de Cuenca.

Una y otra vez, debemos celebrar la feliz idea del monje al hacerse con una copia y depositarla en un monasterio alemán, donde permaneció oculta ¡Cuánto le hubiera satisfecho a Epicuro esta pequeña historia! Así permanecieron las cosas hasta que el Renacimiento, mostrando su curiosidad y admiración por el mundo clásico, la redescubriera.

Es de justicia reconocer que el legado de Tito Lucrecio se fue abriendo paso gracias a los humanistas. Sus teorías nos empujan a comprender concepciones materialistas.

El lector o lectora que haya seguido con atención estas reflexiones, coincidirá conmigo en que Lucrecio es un nítido defensor del “libre albedrio”, dentro de un orden que sigue sus propias reglas o sus propias leyes. Hay que saber buscar y encontrar la libertad en un mundo en constante transformación, donde la vida y la  muerte son el haz y el envés de un proceso cosmológico. No es extraño, por tanto, que la muerte no cause espanto. Es más, la identifica con un sueño tranquilo sin la angustia que proporciona la ciega creencia en el más allá. Así el movimiento perpetuo del Universo, analizado intelectualmente, no proporciona desazón sino tranquilidad y serenidad de espíritu.

Es interesante la idea de que los átomos que conforman nuestro cuerpo no se extinguirán sino que pasaran a formar parte de otros seres naturales.  En definitiva, Lucrecio contagia su alegría de estar vivo.

Han pasado muchas aguas bajo los puentes del Tiber y de otros muchos puentes, mas los análisis y el pensamiento de Lucrecio siguen vivos y dando que pensar. La realidad es una inmensa tela de araña que se renueva periódicamente y en la que de una forma u otra todos nos movemos. El Universo es un constante recomenzar. No tiene principio y no tiene fin.

Lucrecio nos previene contra la noción tóxica del desamparo, proporcionándonos herramientas que no son sino ideas para soportar las adversidades, sin dejarnos dominar por el miedo o la angustia. Divulga y muestra que en todo momento debemos ser nosotros mismos y disfrutar moderadamente de “las enseñanzas del jardín” que nos legó Epicuro.

Es, cuando menos curioso, que asume el pensamiento de que ninguna cosa nace de la nada. Todo gira en un espacio vacío infinito. Me gusta reparar en que su pensamiento tiene, más de lo que parece, de empirista. Otro aspecto que sólo puedo esbozar de pasada, es su vinculación con la evolución biológica, adelantándose en algunos enfoques a Charles Darwin.

A Lucrecio no le pasa, desde luego, desapercibida la importancia civilizatoria del descubrimiento del fuego. No me parece baladí relacionar “De rerum natura” con lo que podríamos denominar el principio de las causas múltiples, con todo lo que tiene de abierto esta teoría.

Parece lógico que Lucrecio está vivamente interesado en averiguar las causas, es decir, los porqués de las cosas. Esta actitud intelectual no ha desaparecido. Muy al contrario, me parece emblemática.

Es de admirar el profundo respeto y admiración que el conocimiento de “De rerum natura” causó en Michel de Montaigne, varios de sus ensayos, así lo confirman. El Señor de la Montaña captó, con su sutileza característica, a dónde conducía su escepticismo. Otro de los poetas e intelectuales que lo valoraron en sus justos términos fue Giacomo Leopardi que lo considera, nada más y nada menos, que la culminación de la poesía latina.

Desde luego, es interesante la opinión de quienes han vinculado el pensamiento de Lucrecio con los orígenes del materialismo científico. Numerosos han sido quienes han rastreado la influencia de Tito Lucrecio. Hay historiadores de la Filosofía y científicos que advierten su “huella” en Baruch Spinoza y en Friedrich Nietzsche, más esto es ir quizás demasiado lejos, aunque tal vez en próximas entregas analizaremos algunas de estas coordenadas y sus concomitancias.

Suelo sugerir alguna lectura vinculada al asunto del que estoy tratando. Me parece de singular importancia una lectura atenta y minuciosa “De la naturaleza de las cosas”, introducción de Agustín García Calvo, que incorpora la traducción en endecasílabos del Abate Marchena. Este libro de gran valor está publicado por la Editorial Cátedra en 1983.

En medio de un estado de cosas, presidido por el usar y tirar, quisiera poner en valor un pensamiento de Lucrecio en el que insiste en más de una ocasión “la gota horada la roca, no por su fuerza sino por su constancia”.

“De rerum natura”  desde mi primera lectura juvenil, la concebí como una balanza precisa del Universo, así como un nudo de tiempos.

No me resisto, asimismo, a citar otro pensamiento donde se advierte con toda nitidez la influencia de Epicuro, “cuando la sana razón gobierna la existencia, la gran riqueza del hombre consiste en vivir parcamente con espíritu sosegado; pues nunca falta nada a quien se contenta con poco”.

Los comentarios y reflexiones anteriores ponen de relieve, una vez más, que no debe olvidarse, ni menospreciarse el pensamiento y la cultura de los clásicos, por más que su conocimiento cada vez se limita a ámbitos más reducidos y minoritarios.

En estas circunstancias, una y otra vez debe insistirse en su vigencia e influencia a lo largo de la Historia… aunque haya que seguir esperando tiempos mejores y más sensatos para volverlos a disfrutar.

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